Martes, 20 de noviembre de 2018

Desde la trinchera

Esta semana no he tenido tiempo para aburrirme, hecho fundamental para la elección de temas y la redacción de esta columna. Entre idas y venidas, viajando sin ver, que diría Andrés Neuman, e inmerso en el frenetismo multitarea de la “era posfuncionarial”, apenas he encontrado momentos para pensar, verbo censurado, incómodo vocablo que aterra a los que monopolizan el discurso, las modas y la moral colectiva.

Ante esta sequía creativa fruto, paradójicamente, de un exceso de acción, recurrí a la prensa digital para hacerme con alguna historia digna de reseñar o encontrar alguna polémica sobre la que verter una nueva opinión desde esta tribuna que parece –solo parece– investirme de una autoridad superior a la de los comentaristas de los bajos fondos (los del fondo de las noticias, me refiero, con seudónimos que amparan cualquier opinión insidiosa o difamación).

Marca titula con el “once de la afición”, es decir, con la alineación que los lectores de su diario, desde su especializada mirada de animales de sofá, hubieran planteado ayer ante el PSG. As, por su parte, apela a cinco circunstancias que avalan la clasificación del Madrid con una evidente pretensión de levantar la moral de la tropa.

Sport se centra en el submundo de las oficinas del Barça y El Mundo Deportivo ofrece una información más variada con un bienvenido “banner” que enlaza con la información de los Juegos Olímpicos de Pyeongchang. El resto de modalidades deportivas quedan relegadas a un papel marginal en las portadas. Marginal en su posición física, pero también en los contenidos elegidos, generalmente anécdotas o escándalos.

Decido escuchar la radio, conciliar el sueño con el dulce vaivén de las ondas. Champions y Madrid. Cerca de la una algo de baloncesto, Copa del Rey, en realidad una explicación simplificada del conflicto entre asociaciones que ha puesto en riesgo su celebración. De nuevo la censura oculta de lo comercializable. Apenas nada de Juegos Olímpicos en un país que ha estado hasta hace pocas horas cubierto de nieve.

Entrevistas muy poco preparadas a tenistas o patinadores en las que, estoy seguro, estos terminan preguntándose si no era mejor haber permanecido en el anonimato. Prejuicios en severas dosis para todo lo que no es fútbol y, por lo tanto, se desconoce. Tras valorar el estado de la prensa escrita y de mi querida radio, apuesto por ganar tiempo y no encender el televisor.

Eso y apelar a La resistencia íntima (Barcelona, 2015, Acantilado), libro en el que Josep Maria Esquirol avala, entre otras muchas fórmulas, la resistencia frente al dogmatismo de la actualidad. Esto es, precisamente, lo que nos queda a los amantes del deporte en sus valores esenciales, los que tratamos de escapar de la banalización con la que se aborda la información deportiva al relegarla a un espectáculo.

Frente a la masa, enardecida y conminada a generar frentes opuestos, juicios muy estrictos y argumentos monolíticos, como amantes del deporte y formadores nos quedan la duda, el depende y el puede ser. Una visión del deporte más ligada a la esencia del esfuerzo, la exigencia y el respeto al adversario que cale de boca en boca, por debajo del ruido, como el susurro que nos estremece.