Miércoles, 15 de agosto de 2018

Aireando las raíces

     Son las diez de la noche del domingo y acabo de regresar de mi pueblo –Malva, de Zamora-, donde fui a airear mis raíces, charlando con la única prima carnal que allí me queda, Rosina, hija de José y Rosa, y con los queridos vecinos Julia y Pivo, que otros muchos ya han pasado a mejor vida. Las raíces también respiran y si una planta es trasplantada y mal replantada puede pudrirse, sobre todo si le pones demasiada agua o demasiado abono. Todo en su justo término es conveniente. Pienso en los emigrantes españoles llegados a Alemania en los años sesenta sin saber ni papa del idioma, o en los exiliados forzosos –valga la redundancia- de nuestra Guerra Incivil, que tuvieron que aprender francés “de oídas” y lograron hacerse entender, a despecho de Nebrija y de Molière, de forma que, cuando me hablaban en español, conseguía comprenderles gracias al francés que me había enseñado otro exiliado, Monsieur Roger de la Motte, en los Escolapios.

     Poco queda del pueblo de mi infancia, aunque sí lo sustancial: las ruinas de San Juan y la recién restaurada torre de San Miguel. Y la ermita de la Virgen del Tobar, que domina el paisaje y desde donde he contemplado las puestas de sol más espectaculares y entrañables que recuerdo. Claro que, tal vez, me parecen espectaculares precisamente por lo entrañables, por las vivencias espirituales que se desgranaban, casi sin querer, abrumados los ojos del alma y del corazón por tanta belleza. Y es que allí, en el otero de la ermita y en el silencio laborioso de la huerta familiar, a medio camino del pago de Santa Justa, mientras la burrita iba haciendo subir los canjilones de la noria desbordantes de agua hasta llenar la buchina para el riego posterior, había tiempo para el silencio y la contemplación y se daban las condiciones necesarias para que las vivencias experimentadas a lo largo de los cursos escolares en el Calasanz, tanto en clase como en la Capilla y en los recreos, o en las excursiones adolescentes al Arenal del Ángel los jueves por la tarde, o en los campamentos de verano en A Pobra do Caramiñal, o en La fuente del Castaño de La Alberca, en el valle y Monasterio de Batuecas o –la experiencia más importante de todas- en La Legoriza de San Martín del Castañar, se asentaran en el alma y fueran haciendo poso espiritual, perfectamente compatible con la recolección de hortalizas y el llenado de los cántaros de agua, tan necesaria para la casa familiar, todavía sin agua corriente como todas las del pueblo.

     Durante mi adolescencia veraniega en el pueblo, un bebé vino a alegrar la calle de la Puebla, una niña que fue bautizada como Rosa. Rosa, ahora, pone aroma de humanidad laboriosa y alegre en las casas de cinco o seis familias que cuentan con personas muy mayores, enmarcada en los programas de Ayuda a Domicilio que coordina la Diputación Provincial. Y es que Malva, al decir del Catastro de Madoz llegó a contar con 1.053 habitantes; ahora, perdido el cero y algunos otros números más por el camino, ha quedado reducida a cien…o menos. No sé, tengo que preguntarle a Adela, nuestra alcaldesa, a ver cómo anda el censo de población. Por cierto que ella, en el negocio familiar del Bar de La Pacheca, está plenamente anclada en el Siglo XXI, ofreciendo un lugar acogedor para “cargar las pilas” y convivir entre amigos alrededor de una carta de comedor abundante y suculenta. Creo que ha dado con la tecla: en el Siglo XXI, más que nunca, necesitamos cuidar y airear nuestras raíces. Tendré que llamar con tiempo, porque hay lista de espera.

(foto: Procesión del 12 de Septiembre, bajando de la ermita de la Virgen del Tobar, en Malva (Zamora)).