Miércoles, 15 de agosto de 2018

Claves de Carnaval

Es como si de continuo estuviéramos en ese esperpento, que tan magistral y dramáticamente plasmara en ‘Martes de Carnaval’ Ramón del Valle-Inclán, el genial escritor galaico.

Hay, en no sé qué subconsciente colectivo, un Callejón del Gato (recordemos al propio valle en su genial ‘Luces de bohemia’, uno de los más lúcidos retratos contemporáneos de lo que es España) que, en sus espejos cóncavos, deforma toda la realidad social de España, todo lo que somos y a lo que aspiramos. Y no logramos ni por aproximación una imagen nítida y cabal de lo que somos y de lo que queremos ser, pues surgen de continuo tantos demonios…

Unos demonios que ya plasmara también y de modo genial Francisco de Goya, en esa parábola pictórica de dos españoles frente a frente, sumidos en el fango y peleándose a garrotazos, como si no existiera la palabra, el diálogo, el acuerdo, en lugar de las “ilógicas” bárbaras de la continua confrontación. De ahí esa necesidad (y Valle-Inclán y Goya es lo que parecen proponernos) de salir de la lógica del garrotazo, de ser capaces de romper de una vez esos espejos cóncavos de tantos callejones del gato, de tantos demonios como nos atormentan.

Los ritos carnavalescos que todos estos días celebran nuestras gentes son muy hermosos, particularmente esos campesinos, tan ancestrales, en buena parte ya perdidos o con riesgo de perderse. Porque, como indican todos los estudiosos del Carnaval, todos los ritos que se acogen a esta fiesta son ritos de regeneración de la vida y tratan de hacer advenir ese tiempo nuevo que eclosionará con la primavera.

El Carnaval, en el ámbito tradicional campesino y hasta urbano, hunde sus raíces en la Edad Media y, como indicara Julio Caro Baroja, surge del ámbito cristiano y está inserto desde entonces en el calendario cristiano europeo. Es una de las ritualizaciones de la muerte del invierno, que –a través de máscaras y disfraces, de arrojar harina, ceniza o papelillos de colores, de tauromaquias grotescas, entre otros elementos– se desea desterrar como sea, para que acceda el tiempo nuevo.

Nuestros Carnavales, a lo largo y ancho de nuestra provincia y de todas las de nuestra comunidad, son muy hermosos. En Ciudad Rodrigo, –quizás los Carnavales estrella hoy entre nosotros–, es el toro, como animal ritual y mítico, portador de una energía descomunal, el que protagoniza la fiesta y el que transmite a los mozos que corren ante él y lo torean esa energía regeneradora. Porque ese es el significado.

Pero también contamos –aunque en buena parte perdidas– con otras tauromaquias grotescas, en algunos de nuestros pueblos, que poseen la misma significación de la que acabamos de indicar sobre Ciudad Rodrigo. En La Alberca, por ejemplo, están las figuras del “mozo-toro” y los “pata-henos” que lo lidian, embutidos en sacos llenos de paja o de heno que los inmovilizan, los que, en clave grotesca, escenifican esa tauromaquia ritual y mítica para que advengan la regeneración y el tiempo nuevo.

Y eso es lo que esperaban también Francisco de Goya, Ramón del Valle-Inclán, nuestro Miguel de Unamuno, y tantos otros españoles, que advenga la regeneración y el tiempo nuevo. Claves de Carnaval.