Sábado, 18 de agosto de 2018

No hacer oídos sordos

Resultado de imagen de imágenes sobre el hambre en el mundo

Un cuento judío dice que la suerte del ángel es que no puede estropearse. Su desgracia es que no puede mejorar.

La desgracia del hombre es que puede estropearse. Y su suerte que puede mejorar. Efectivamente, lo más grande del hombre es el poder ser libre, aunque esto, a su vez, pueda ser su gran perdición.

Benito Pérez Galdós solía decir en señal de alarma por el entorno social que le tocó vivir: “¡Qué tiempos, qué hombres!”. Santa Teresa hablaba de los tiempos recios de su entorno y de que el mundo estaba ardiendo. Con propiedad nosotros podemos seguir repitiendo la misma cantinela, ya que nuestros tiempos también son difíciles e ingratos.

Vivimos divididos. Hemos levantado muros para alejar a los que nos molestan por su color, lengua o religión. No hay seguridad en nuestras calles, no hay libertad de expresión. Hemos sacado a Dios de las escuelas, de los hogares, de la vida pública. Vivimos en una sociedad que propicia el hedonismo. Hemos caído en lo que Benedicto XVI llamó la “facilonería” de la vida que nos embota la mente con egoísmo y apegos. Sufrimos de una gran pobreza, ya que “la primera pobreza de nuestros pueblos es no conocer a Cristo” (Teresa de Calcuta).

Librar a la humanidad del hambre y la malnutrición requiere no sólo habilidades técnicas, “sino sobre todo un genuino espíritu de cooperación que una a todos los hombres y mujeres de buena voluntad”, exhorta Benedicto XVI. El Papa constató los obstáculos para acabar con el flagelo del hambre: “conflictos armados, enfermedades, calamidades atmosféricas, condiciones ambientales y desplazamiento forzoso masivo de población”. No se terminará el hambre en el mundo ni habrá paz mientras no haya una mayor justicia social. Necesitamos la paz, cierto, pero ésta sólo arraiga en la justicia.

Hay cifras que nos hablan de una gran injusticia social. He aquí algunas tomadas, casi todas ellas, de la publicación de Fernando Almansa y Ramón Vallescar titulada “La pobreza en el Tercer mundo y su erradicación”. Estos datos nos ofrecen una dolorosa estampa, que es un fiel reflejo de lo que está pasando:

 

En el mundo hay 1.000 millones de personas que pasan hambre.

1.300 millones de personas no tienen acceso al agua potable.

35.000 niños mueren diariamente por causas directamente relacionas con la pobreza.

2 millones de niños mueren cada año de diarrea.

130 millones de niños no reciben educación básica.

Un 15% de la población del mundo posee el 79% de la riqueza mundial y para el 85% sólo queda el 21% restante.

Según la UNICEF, 600 millones de menores viven en la más absoluta pobreza.

Una de cada cinco mujeres del mundo sufren maltratos físicos o sexuales.

Cada año, más de 2 millones de niñas entre 5 y 15 años son violadas u obligadas a prostituirse.

En 1960 había un rico por 30 pobres; en 1990, 1 rico por 60 pobres; en 1997, 1 rico por 74 pobres. Más de 1.300 millones de seres humanos tienen que vivir cada día con menos de un dólar.

En el año 1988 había 33,4 millones de afectados por el sida; en el año 2008 serán 53 millones y habrán muerto ya más de 40 millones por esa enfermedad.

En estos días Manos Unidas nos llama a compartir nuestros bienes con los que pasan hambre y otro tipos de necesidades. En Cuaresma escucharemos esta llamada: “parte tu pan con el hambriento”. Es una tarea para todos de la que nadie puede hacer oídos sordos.