Sábado, 18 de agosto de 2018

Historia de un cuadro

Hoy hace exactamente 83 años que fallecía una mujer humilde, de anatomía menuda, casi analfabeta, con sólo 35 años, nacida en Cantalpino, y que, de los 12 a los 22 años, fue una vecina más de la ciudad de Salamanca. Es muy probable que hayan fallecido  todas las personas que la trataron en aquellos años y que, si hoy se acordaran de aquella jovencita más bien poquita cosa, nunca podrían imaginar que, pasados los años, subiría a los altares. Gracias a Dios no hemos fallecido los muchos miles que ahora conocemos su paso por este mundo.

Eusebia Palomino Yenes nació el 15 de diciembre de 1899 en el seno de una familia humilde –más que humildes, eran pobres de solemnidad-. El padre, obrero del campo, sufrió un accidente laboral del que quedó imposibilitado para el trabajo. En aquella época, sin otro tipo de ingresos y con la única propiedad de un minúsculo huerto, el único remedio era la mendicidad. Sin apenas pisar la escuela, Eusebia acompañaba a su padre por los pueblos de la comarca pidiendo limosna para alimentar al resto de la familia. Hay que destacar el hecho de que, en ese ambiente, algún día se irían a la cama sin cenar,  pero nunca sin rezar el rosario. Era el matrimonio quien dirigía las oraciones en aquella pequeña cocina de lumbre baja que hacía de cuarto de estar, sentados todos alrededor del fuego, y, al mismo tiempo, dormitorio de sus escasas gallinas  - que se alimentaban del grano caído de los sacos que se manejaban en el molino próximo a la vivienda. La necesidad era tan extrema que las hijas del matrimonio abandonaban el hogar cuando la edad permitía que entraran a servir en algún hogar de confianza. Así sucedió con la pequeña Eusebia que con apenas 12 años se trasladó a Salamanca donde ya trabajaba su hermana mayor. Un domingo fue invitada al oratorio festivo de las Hijas de María Auxiliadora (en la actual Ronda de Sancti Spiritus) y allí encontró lo que tanto había buscado: la firme fe en Jesús y el amor a la Virgen. Entró como sirvienta, y sirviendo escuchó la llamada del Señor. Después de no pocas dificultades, la Providencia quiso que se entrevistara con una Superiora que visitaba la casa para pedirle una ayuda que facilitara su entrada en la obra. Nada ayudaba su escasa formación y  carecer de la dote imprescindible. Algo vio ya la Superiora que allanó el camino desde ese mismo momento.

Una vez terminado el noviciado en Sarriá, su primer –y único- destino fue el colegio de Valverde del Camino. Las niñas quedaron desilusionadas al contemplar aquella hermana pequeña, pálida y no muy agraciada. A la mañana siguiente, Sor Eusebia ya se ocupaba de las labores más humildes de la casa: la portería, la cocina, el ropero, el pequeño huerto y la asistencia a las niñas que acudían los domingos al oratorio festivo. Aquella monjita insignificante tardó muy poco tiempo en convertirse en el polo de atracción de niñas y adultos. Nadie podía explicarse cómo salían de una mujer casi analfabeta, unos pensamientos tan profundos. Pronto se corrió la voz y raro era el día que la monjita salmantina no tenía padres de alumnas, sacerdotes, incluso algún obispo, interesados en escuchar sus “enseñanzas” y seguir sus  recomendaciones.

Poco más de 10 años de estancia en Valverde bastaron para que su carisma inundara toda la comarca. Fueron años muy complicados en la historia de España. La llegada de la Segunda República hizo muy difícil la vida de las instituciones religiosas, y Valverde no iba a ser la excepción. Hubo momentos en que las hermanas debieron cerrar el colegio y alojarse de forma clandestina en domicilios privados. Ante lo delicado de la situación, todo el mundo acudía a Sor Eusebia implorando su intercesión. Ella se encargó de sosegar los ánimos. Ofreció su alma por la salvación de España y, en medio de duros sufrimientos, falleció el 9 de febrero de 1935. Al entierro acudió todo el pueblo, incluyendo los miembros del ayuntamiento socialista que gobernaba la villa  que, a pesar del clima anticlerical del momento, ablandaron  sus corazones para  costear íntegramente los gastos del sepelio y del sepulcro.

Siempre hemos oído que la Iglesia “precisa” algún milagro para reconocer la santidad de las almas elegidas. Quienes vivieron a su lado los últimos años de vida, refieren multitud de anécdotas de aquella religiosa, sacadas de los quehaceres diarios, que bien podrían calificarse como inexplicables. He aquí algunas de ellas:

  • Un buen día, nadie sabe dónde está Sor Eusebia y unas niñas la encuentran en la capilla, de rodillas, elevada del suelo. Corren a decírselo a la Directora.
  • Otra mañana se levanta y dice haber visto en sueños el entierro de su padre, dando detalles de la gente que acompañaba el duelo. Todo era cierto.
  • Nacida en pueblo de hortelanos, Sor Eusebia conocía el cultico de hortalizas y flores. Encargó a una de sus niñas la compra de unos bulbos de nardo para adornar la capilla. Esa misma tarde los plantó en el huerto y, al día siguiente, esperó la llegada de  la misma niña para que la acompañara al huerto, ya que había soñado que el Niño Jesús regaba las plantas.  Ante la sorpresa de todos, todas las plantas habían brotado.
  • A una tía carnal de quien esto escribe, también Hija de María Auxiliadora, le confiesa un buen día que estallará una guerra en España, que sus tres hermanos irán al frente, pero que no tema porque volverán ilesos. Todo se cumplió.
  • En no pocas ocasiones aquella hermana tan menuda se encargó de multiplicar el aceite, los huevos o lo que escaseara en ese momento.

Tuvieron que pasar varios años para que otro hecho extraordinario llevara a la Iglesia a calificarlo como milagroso. Cuando la fama de santidad de Sor Eusebia había empapado la vida del colegio, otra Inspectora se cruzó en su vida y, tratando de inmortalizar la imagen de aquella monja, en compañía de la Directora del Colegio, se dirigieron al “estudio” de un médico amigo de la casa  aficionado a la fotografía, para obtener un recuerdo gráfico de la ocasión. De esta forma, al morir Sor Eusebia, la única fotografía que se guardaba de ella era la de las tres salesianas. Esa misma Directora -cuyo trágico fin en Barcelona,  en agosto del 36, fue anticipado por Sor Eusebia-- ya se había preocupado de anotar todas las vivencias de la hermana y poner a buen recaudo todos los escritos, cartas y efectos personales de aquella alma que un día daría que hablar.

Había en Valverde – y aún vive-- un pintor que no tiene manos y pinta con los pies, Manuel Parreño Rivera, que se declara ateo consumado. Recibió de la Directora el encargo de pintar un cuadro de la hermana fallecida, valiéndose de la pequeña foto hecha por el médico en blanco y negro. No se mostró el artista muy partidario de realizar la obra, alegando que sólo hacía retratos de personas vivas, o que él conociera personalmente. Pasaban los años y el pintor guardaba la vieja fotografía en un cajón, hasta que un Jueves Santo, sin poder determinar cuál fue el motivo de la decisión, se despide de su mujer y se dirige al taller dispuesto a empezar el cuadro. Tenía un lienzo de 130 por 81 cm. preparado por un alumno para comenzar un trabajo, que había dejado por no saber tensar el lienzo. De pronto aparece un viajante de lienzos que no había sido reclamado por el artista y se ofrece para estirar el lienzo. Lo hace, se marcha y nunca más volvió. Parreño se encaró con la foto diciendo: “Bueno, vamos a ver si es verdad todo lo que cuentan de ti”. Sin boceto previo, impregnó el pincel y comenzó a pintar directamente. En ningún momento necesitó corregir algún trazo. Fruto del sobresalto que le invade, al artista se le escapa una gota de pintura que viene a caer en un ojo del personaje. Continúa lo anómalo porque el pintor pasa un dedo del pie sobre el lienzo y la mancha desaparece sin necesidad de retocar con el pincel. Sin darse cuenta, ha finalizado un cuadro que, con esas dimensiones, le habría costado 14 ó 15 días; y sólo han transcurrido cuatro horas y media. Asustado, cierra el taller y regresa a casa. Una y otra vez ha manifestado que observa el cuadro y sigue pensando que sería incapaz de pintarlo. Por si faltaba algo, el cuadro  está perfectamente seco a las pocas horas; proceso que, en condiciones normales, duraba varios días.

 Una comisión de teólogos y académicos del Vaticano, previa entrevista con el pintor Parreño, consideraron que el cuadro entrañaba algo sobrenatural.  Fue el hecho definitivo para que Juan Pablo II beatificara, el 25 de Abril de2004, a Sor Eusebia Palomino Yenes, Hija de María Auxiliadora, cuya festividad celebra hoy la Iglesia.