Miércoles, 15 de agosto de 2018

Músicos que te pulsan la vida

Se llamaba Felipe y tenía esa barba tan blanca, con un halo color paja que enmarcaba la comisura de sus labios. No recuerdo en qué momento apareció en el paisaje de mis paseos por la ciudad, pero sí recuerdo que el día que no estuvo lo eché terriblemente de menos. Tenía las uñas de la mano derecha muy largas y con ellas se despachaba a gusto con el punteo del flamenco sobre las cuerdas, aunque lo suyo era cantar. Su guitarra, que tal vez tenía una edad parecida a la que él acumulaba en las arrugas de los ojos, había ganado suavidad por causa del uso y él sabía encajarla entre sus piernas y sus brazos para hacerla sonar con la misma delicadeza con la que se arrulla a un niño. Yo lo veía allí, en su rincón de la calle Tentenecio, al salir de casa y al volver a casa, de subida y de bajada y, a veces, me detenía para escucharlo cantar aquello sobre las pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas y que nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve. En esas ocasiones lo escuchaba, con los párpados sumidos en mi nostalgia de recién venida, hasta que se me ponía la piel llena de plumas y se me olvidaban las tristezas del otoño. Entonces no era consciente de lo que su voz y su música de andar por calle estaban haciendo conmigo.

Meses después en una tarde de primavera, una de esas tardes color azul fosforescente que solo he visto en esta ciudad de mis amores, me detuve a esperar a que terminara de cantar con la intención de hablarle. Cerró los versos de Mediterráneo con un roce de uñas sobre la madera y, tras inclinar la cabeza saludando a las tres personas que lo aplaudían, se dispuso a preparar su acostumbrada pausa para fumarse un cigarrillo. Entonces fue él quien me habló. Me dijo que la tarde estaba preciosa y que por eso había cantado esa canción porque a él lo inspiraban los colores. Si el tono era dorado, buscaba un verso dorado, con un tono dorado y así. Como un poeta, le dije. Usted es un poeta, le dije, y él me dijo que este sol había que aprovecharlo. Recuerdo que lo felicité por las canciones y entonces él, concentrado en su magia, pues sabía sacar el humo del cigarrillo por la nariz y cuando hacía eso parecía un Aladino saliendo de su lámpara, siguió diciéndome que el sol hacía mucho bien, que no me olvidara jamás de disfrutar de este brillo o de una tarde como esta, que él mañana debía volver al hospital porque la última vez le habían descubierto una sombra en los pulmones y que él estaba seguro de que era la sombra de la sombra. Yo me quedé muy callada. Él salvó ese silencio con otra bocanada de humo y deseó en voz alta poder seguir cantando hasta el último día. Entonces me armé de valor y le dije señor, pues no sabía su nombre todavía, estas piedras se ablandan con sus cantos, lo necesitan, y seguí mi camino. Cuando lo había perdido de vista, escuché que él empezaba a cantar caminito que el tiempo ha borrado, he venido por última vez, he venido a contarte mi mal. Creo que fue el color inverosímil de la tarde lo que me hizo desistir de llegar hasta mi clase en el Palacio de Anaya. Volví sobre mis pasos y me detuve frente a él, frente a su barba blanquísima sobre su jersey descosido debajo de su sombrero de paja. Y cuando dijo caminito adiós, esperé a que terminaran de aplaudirlo y le pregunté señor, usted cómo se llama. Sonrió. Mi nombre es Felipe, susurró, y tú, maja, puedes hablarme de tú.

No lo volví a ver.

Pero muchas veces cuando paso por su sitio me pregunto si alguien habrá hecho por él, en sus momentos oscuros, lo que él hizo por todos nosotros, los viandantes. Porque ahora sé que él, allí, con ese montón de años que le crecía en las hebras de pelo blanco debajo de un sombrero lleno de remiendos, nos estaba enseñando lo que significan las canciones de toda la vida, esas que llegan corriendo desde una esquina cualquiera y se te acomodan en el nido de la garganta, tan por dentro.