Viernes, 17 de agosto de 2018

Plomo en los bolsillos

Aceptamos el tormento, pero no queremos vejaciones. Un día nos colocarán plomo en los bolsillos, alegando que Dios hizo al hombre demasiado ligero”. (Henri Péllissier, ganador del Tour en 1923 y 1927)

Hoy, debo confesar mi cobardía, había pensado escribir sobre la desaparición de las azafatas de los podios y las parrillas de salida de los grandes premios de Formula 1, valorando este hecho como un avance social al tiempo que un menoscabo de las libertades individuales. Sin embargo, anticipándome a los malentendidos que, seguro iban a surgir, adelantándome al retorcimiento de los argumentos que se iban a dar en contra del aquí firmante, y dado que rehúso entrar en peleas con todos los colectivos que han ido pregonando una monolítica, y habitualmente maniquea, visión del mundo a lo largo de la historia, prefiero hablarles de mi última adquisición bibliográfica, Plomo en los bolsillos (Libros del Ko, 2012).

En la lectura de esta obra, desde la primera hasta la última página, se saborea un genuino gusto por el ciclismo, deporte que Ander Izaguirre, su autor, practicó desde pequeño con aspiraciones, a la postre frustradas, de llegar a ser profesional. Haciendo bueno aquel adagio que invita al narrador a escribir de lo que sabe, este donostiarra nos cala hasta los huesos con una prosa que, al servicio de la historia, de las grandes historias que nos ha legado el Tour de Francia desde su primera edición en 1903, inocula al lector el dulce veneno de la bicicleta.

Por las páginas del libro desfilan, no podían faltar, los grandes campeones, desde Péllissier a Contador. También los más famosos derrotados, desde Garrigou a Zulle pasando, por supuesto, por Poulidor, el Héctor de esta narrativa épica contemporánea. También las escaramuzas de todos los españoles que imprimieron su sello, de escaladores con garra principalmente, en las carreteras francesas. Están todos, desde Vicente Blanco a Carlos Sastre. Y no faltan las tragedias, esas que nos helaron la sangre al conocerlas. Simpson en el Mont Ventoux, por una mezcla de insolación y consumo de sustancias prohibidas, Cassartelli contra un quitamiedos del Aspet, También la de Ocaña, aunque el destino le regalara unos años más, no demasiados, caído en el descenso del Port de Mente, por valiente, o temerario, cada cual dirá.

No en vano el Tour es al París de inicios del siglo XX lo que las peleas de gladiadores a la Roma imperial. La sinergia entre medios de comunicación y las marcas de bicicleta que en ellos se anunciaban condujeron a la concepción de carreras que, llevando a los corredores hasta la última frontera del dolor y la resistencia, provocaran los aumentos en las ventas de periódico y, por lo tanto, en los ingresos de publicidad. Los recorridos se fueron poco a poco endureciendo, al abrirse pasos hasta los collados pirenaicos, hasta entonces parajes vírgenes dominados por los osos. O por los Alpes donde, ya en 1911, encararon, tubular al hombro, sin asistencia mecánica ni coche de avituallamiento, el ascenso al Galibier (2.645 m), cumbre en la que muchos ciclistas tuvieron que hacer noche al abrigo del calor que les proporcionaban las vacas.

Quizá, desde una perspectiva actual, la sociedad de inicios de siglo, en vez de comprar los periódicos contribuyendo a la matanza, debiera haber reclamado la prohibición de esta tortura sin paliativos a la que se sometían algunos burgueses, es cierto, en ejercicio de su libertad, pero también muchos obreros en la búsqueda de un espónsor y unos ingresos modestos, los justos para comer. De su pasividad y aquiescencia podemos inferir la verdadera naturaleza de la condición humana y, congratularnos, desde la comodidad de nuestra morada, por todas las historias de lucha, solidaridad en medio de la batalla o tragedia que aquella actitud nos proporcionó y que tan bien nos cuenta Ander Izaguirre en Plomo en los bolsillos.