Sábado, 18 de agosto de 2018

La memoria histórica de la Junta de Castilla y León


Las comunidades autónomas españolas se visten con los ropajes de la historia para aparecer ante el mundo, sirviendo fórmulas políticas recientes –la autonomía– en los viejos odres de las crónicas. No en balde poseer “entidad regional histórica” es requisito constitucional para crear una autonomía. Y no se piense que sólo Galicia, el País Vasco y Cataluña son “nacionalidades históricas”, pues, según sus estatutos, también lo son Andalucía, Baleares y Aragón. Esta última recuerda además su antigua   de condición de reino, como hace Valencia, y Asturias rememora al principado de su origen, así como la Cruz de la Victoria.

Pero Castilla y León puede aventajar a todas las comunidades en ese terreno. Aquí no hablamos de un reino histórico, sino de dos, siendo emperadores algunos de sus reyes. Aquí el origen del castellano, de las universidades, de los municipios, de las cortes y de los fueros y libertades. Si Extremadura alude a sus “cuevas prehistóricas” aquí podríamos dar ciento y raya a eso evocando a los mamuts de Torralba (Soria) y al Homo Antecessor de Atapuerca. Y ¿qué mayor nacionalidad histórica que una de la cual surgió la propia España y que fue a descubrir América, al decir de ideas históricas no menos viejas? Solo se podría echar en falta un himno regional, que bien podría ser el Himno a Castilla de Antonio José, músico burgalés sacado de la cárcel de Burgos y asesinado en Estépar en 1936.

Pero ya se sabe que la memoria histórica, como la individual, es selectiva y no siempre funciona bien. A pesar de la referencia a los comuneros –visible en las propias denominaciones de las Cortes castellanas y de la Junta– esta tardó años en aparecer oficialmente en las campas de Villalar el día 23 de abril y en asumir la vinculación simbólica aludida en el estatuto. Habría que hilar fino al respecto, pues “juntas” fueron también las de los patriotas durante la invasión francesa y –ay– las de los militares sublevados en 1936, que también tenían su memoria histórica. Así es de versátil la simbología.

Pero la Junta ha tardado aún más en asimilar la memoria histórica democrática, es decir, la de las víctimas de la guerra civil y del franquismo. En 2004, el Sr. de Santiago Juárez, entonces portavoz del PP en las Cortes, se reunió con los grupos memorialistas, les prometió ayuda… y no hizo nada. Ahora, ya como vicepresidente, retoma el asunto y promete un decreto para ayudar a las exhumaciones. (Esta región es una de las pocas que carece de políticas de memoria, lo que contrasta con una sociedad civil bastante activa al respecto). Por algo se empieza y queremos ver en eso un cambio de actitud de la derecha, lo mismo que en los gestos de F. Mañueco asistiendo a algunos actos en el cementerio de Salamanca. Sería bueno ver la memoria histórica democrática como una reivindicación de todos, por encima de ideologías.

Sin embargo, tarde piace: se ha perdido un tiempo precioso para atender muchas demandas de familiares que, mientras tanto, se han ido muriendo. Para ir limpiando del todo el nomenclátor viario y, con el ejemplo institucional, ir educando un poco a esos alcaldes, prohombres y ciudadanos montaraces que siguen enarbolando sus cruces de un solo brazo, sus cartelas de mandos falangistas y sus telarañas mentales.

Reivindiquemos a los comuneros, sí, pero no hace falta irse a 1521 para encontrar a precursores de los derechos y libertades actuales. Y no muertos por un monarca absolutista, sino por un largo régimen fascistoide que, por lo que se ve, aún sigue vigente en algunos ámbitos, como siguen muchas fosas comunes, para vergüenza de todos.

(IMAGEN: Demolición del monumento a Onésimo Redondo. Foto: Orosia Castán)