Sábado, 18 de agosto de 2018

Los carnavales, carnestolendas, antruejo

De tres formas diferentes, se nombran los tres días de asueto, que preceden al miércoles de ceniza. Tradición que viene de largo, con raíces paganas, que tenían como protagonista a Baco, dios del vino: unas fiestas que, en sus inicios, tuvieron carácter sagrado, pero, con el tiempo, se convirtieron en fiestas orgiásticas, en las que las protagonistas eran las mujeres y sus lindezas.

En la Edad Media, se cambió su nombre por el de carnaval o el de carnestolendas y, entre el vulgo, por el de antruejo, vocablos que incitan  al divertimiento, como desquite ante el ayuno y la abstinencia que demanda la Cuaresma.

Estos desenfrenos los  recogió Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, en su “Libro del buen amor”(siglo XIV); nos lo cuenta en un pasaje que él titula “La batalla de don Carnal y doña Cuaresma., la finalizado con el abrazo de la paz; la modernidad y la cordura han conseguido poner en razón a ambos contendientes y han logrado que se sienten en torno a una mesa, hablen y enmienden caprichos pasados y se estrechen, por siempre jamás, la mano de la concordia. Ambas partes han reconocido que la fiesta y la penitencia, el amor profano y el amor divino, el disfrute y la mortificación son compatibles, pero dentro de los límites del respeto mutuo, de la moderación y de la buena conducta. Con este compromiso, hoy, conviven y disfrutan tanto la costumbre de uno, como la tradición ritual de la otra, manteniendo, como debe ser, los dictados de la tradición.

Ahora se cumple libremente, quizás con más convicción, pues ya no existe la imposición. Ahora la alegría y la penitencia se hermanan, siguen con la misma complicidad, con la misma sinceridad, porque no tiene por qué enfrenarse el mundo profano con el mundo espiritual, cuando los dos son componentes de la persona: cuerpo y alma.

Y con este prólogo, que huele a Metafísica, nos adentramos en la víspera de los carnavales de este año, que nos cuentan han resultado muy animados.

Antiguamente, los carnavales se iniciaban el jueves de compadre y el jueves de conmadre, así se denominaban los jueves anteriores al domingo gordo o de carnaval. Los protagonistas eran los niños, aunque no faltaban adultos que seguían la broma.  Esos días los niños no tenían escuela por la tarde, se revestían con los aparejos desechados de sus padres y de sus madres; pintaban sus caras de hombre, con su barba, bigote y patillas con corcho quemao, y las muchachas se untaban la cara con harina y se embadurnaban los labios con el pintalabios de sus hermanas. Y salían en panda por las calles, y antes de armar mil picardías, visitaban a la abuela o a la tía, para que los vieran y sacarles algo. Yo recuerdo que mi abuela me daba una perra chica y alguna castaña pilonga o bellotas, que guardaba en su faltriquera. Cuando nos recogíamos, las madres solían obsequiarnos con un plato de puchas, que preparaban con agua, harina, azúcar o miel. ¡Qué ricas nos sabían!

Hoy la tradición se sigue viviendo, pero de otra forma. Las cosas han cambiado a bien en muchos sentidos. En la noche del sábado, se llenan los bares de pandas disfrazadas de elegantes y sofisticados atuendos y de la alegría más sana.  Pienso que vivimos el carnaval continuo, día a día, cuando nos disfrazamos de monja, de cura, de militar, de miss, de enfermo, de trabajador, de joven, de viejo, de triste, de alegre, de enamorado, de cazurro, de paseante, de autoridad, de truhán, de prepotente, de aburrido, de bueno, de maleante, de mentiroso, de religioso, de reivindicativo, de político, de sindicalista, de intolerante, de reconciliador...Ya lo dijo, muy acertadamente, Calderón en su “Gran teatro del mundo”: lo importante es que los actores y los espectadores podamos siempre disfrutar de la paz de la sonrisa.