Domingo, 19 de agosto de 2018

La suerte hay que buscarla

Muchos años antes de que una cadena de productos informáticos popularizase el ingenioso mensaje “yo no soy tonto”, o una mutua nos recordara lo injusto de las subidas de algunos seguros con “y por qué a mí”, existían jefes que hasta acudían a los clásicos de la Literatura o de la Filosofía para que sus deseos fueran confiados a sus trabajadores de la manera más amable y suave posibles

Por ejemplo, colocaban algún cartelito para que no se tiraran colillas al suelo que rezaba: “Un taller limpio es un taller limpio” (Cervantes), o para que atendieran aquel de toda la vida “hay un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio”, y la autoría de este propósito, quién lo duda: Aristóteles; no había nadie superior, y de esta manera todo era más agradable y fácil de recordar.

Convendrán conmigo que nada de esto tiene que ver con ese otro clásico español, que atenta las buenas maneras, y que dice: “estoy hasta las … de ver papeles por el suelo”.

¿O no? (Pregunto).

Hemos referido lo anterior porque nos embarga la duda de quién fue el autor de la frase “la suerte hay que buscarla, la mala suerte viene sola”, y como no tengo ni idea, he llegado a la conclusión de que, si se la adjudico a Confucio, ¿quién me contradice?, pero ¿y si alguien me asegura que la frase fue, por ejemplo, de Benjamín Franklin?, yo me quito el sombrero ante él y me callo, puede que estemos ante un tipo que por sabio es peligroso y a ver quién le lleva la contraria.

Pero entremos en materia, y dado que “la suerte hay que buscarla…”, de nada le vale al señor Puigdemont quejarse de que le lean hasta el pensamiento. A quién se le ocurre tener un secreto de esos que no se cuentan ni a la parienta (o al pariente), y sin encomendarse a la suerte va y lo envía por WhatsApp o mensajería digital.

Precisamente esta semana hemos sabido que el Rey Fernando El Católico, hace la friolera de cinco siglos, llegó a utilizar un complejo lenguaje encriptado para comunicarse con “El Gran Capitán” Gonzalo Fernández de Córdoba. Esto hace más inconcebible, si cabe, que el aspirante a presidir la Comunidad Catalana utilice hoy -en una red plagada de plebeyos- la mensajería digital para despachar asuntos de Estado.

Se nos ocurre que tal desvarío, aunque nos vayamos momentáneamente del tema, no tiene nada que envidiar a lo ocurrido la semana anterior a don Julián Muñoz, ex de la señora Pantoja, presunto enfermo terminal con permiso humanitario de la prisión para dormir en su domicilio y, sin embargo, lo pillan en la “disco” a las cinco de la mañana bailando a lo Fred Astaire con una señora venezolana. Este señor vuelve a la cárcel por… ¡vaya usted a saber!

Ambos son errores dignos de un becario capaz de cortarle el césped gratis al mismísimo Duque de Alba -no digo las lágrimas de emoción que me causaron esta semana la bonhomía del duque cuando me enteré de la noticia-, pero no pueden ser errores dignos de un expresidente de República ni de un poderoso exalcalde de Marbella que llegó a manejar, presuntamente, dinero hasta en bolsas de basura.

Ahora nos toca elegir a uno y quien realmente tiene más delito (es una expresión) es don Carles Puigdemont, persona viajada y conocedora -también es periodista- de los muchos avances que el mundo digital te puede facilitar para obtener una buena noticia. No obstante, si él ya se ha excluido y muchos de sus seguidores lo consideran El Cid, existen dos palabras muy españolas y quizá también muy catalanas que señalan a ciertas personas como “políticos útiles” a pesar de los pesares.

Como final, diremos que Dios nos libre de tanta sabiduría y al señor Puigdemont le libere del final de la frase que tanto nos embargaba: “la suerte hay que buscarla… y la mala suerte viene sola”. Me temo que políticamente quede como la nieve, disuelto por tanto fuego amigo en su chabolo de Bruselas.