Miércoles, 15 de agosto de 2018

Algo de música.

Me gusta charlar con los camareros, con el portero de mi casa, con los dependientes de los comercios, con el carnicero del super, con los taxistas también. Hablar con ellos me pone al día. Me informan mejor que ningún político o periódico del éxito de la famosa recuperación económica, de la prodigiosa disminución del paro o del número de manzanas podridas existente ¡No fallan ni una!

Hoy me gustaría contarles una anécdota acaecida a la una de la madrugada, cuando volvía a mi casa de pasar una aciaga velada. El hecho es que tomé un taxi en la Gran Vía. Momentos después el joven conductor y quien suscribe nos pusimos a charlar. Me comentó ser un asalariado del volante y que estudiaba psicología en la UNED. Es decir, a distancia y entre servicio y servicio nocturno. Quedé perplejo y admirado. Pero no quedó en eso la confesión. A mayores, me dice: “me encanta la música”. Y le digo: “yo también soy un forofo”. Me costaba preguntarle qué tipo de música le encandilaba. Para mis adentros pensaba: “¿le gustará Bisbal, Shakira, Jackson, Madonna, quizás Queen? Vamos, que no me atrevía a romper el hechizo. Por fin, me decido temeroso: “¿y qué tipo de música?”. Y él: “La música barroca”. Estupefacto es la palabra más adecuada. Insistí incrédulo y algo “puñetero”: ¿quizás François Couperin?  “Sin duda, es muy bueno, pero prefiero la viola da gamba de Marin Marais”. De verdad, en tal momento, yo descreído impenitente, comencé a creer en los milagros. “Resulta asombroso que Vd. y yo hablemos de estas aficiones a las dos de la mañana y en un taxi”. “Perdón -añado- no quiero decir que su profesión esté reñida con la cultura. Lo cierto es que, la mayoría de las llamadas “gentes ilustradas” no tienen ni idea de que exista una música barroca”. “Le entiendo, no me ofende, Vd. es el primer pasajero con el que puedo hablar de estos temas”. Le contesto: “Es Vd. una persona extraordinaria”. Y él: “También me apasiona Mahler”.  Y yo: “Vd. sabe, me he quedado enganchado con los gigantes”. Y él: “Mahler también es un gigante, debe empezar a escucharlo, empiece con la Novena”

En esas llegamos al destino y le aboné el servicio y él: “Le invitó a un café” Y así, fue como terminé esa noche conversando de música clásica con un auténtico melómano. Una noche que empezó mal, muy mal, y terminó hablando, aquella y nosotros, de la maravillosa, única y emocionante “Lacrimosa” de Mozart.            

Nunca más volví a encontrarme con ese joven talentoso. Ignoro si terminó su carrera. Si sigue trabajando a destajo en algún taxi. O si emigró con su título universitario en el bolsillo a servir cafés en Berlín o Manchester. Si lo encontrará por Madrid me gustaría decirle: “Amigo no te mereces este país”.