Martes, 21 de agosto de 2018

Por encima de nuestras posibilidades

Con el oro europeo conquistado el pasado domingo por la selección de balonmano, España vuelve a situarse en la élite mundial del deporte, hecho que abarca tanto disciplinas colectivas como esfuerzos individuales, donde aún tenemos reciente el triunfo, también a escala continental, del patinador Javier Fernández.

Todo ello es fantástico, no cabe duda, por el modo en el que se extiende la alegría de los competidores entre sus compatriotas y por la habitual subida de autoestima que estos éxitos generan en el ánimo comunitario debido al mensaje que, sin pretenderlo, llevan inscrito: ser español no es un obstáculo para alcanzar los objetivos particulares, por ambiciosos que estos sean.

Es más, nuestra nacionalidad parece ser una garantía, al menos cuando hablamos de deporte. Porque igual que estamos en la cola europea del empleo, la desigualdad o la corrupción, estamos sobrerrepresentados en los palmareses de las más prestigiosas competiciones de fútbol, baloncesto, balonmano, tenis, motociclismo, automovilismo, patinaje artístico, natación sincronizada, golf y muchas otras que me dejo por no convertir esta columna en una mera enumeración.

Lo cierto es que ganamos muy por encima de nuestras posibilidades demográficas, de nuestra cultura polideportiva y, por supuesto, de nuestros políticos, ávidos cazarrecompensas que, por fortuna, en ocasiones, están dotados de cierto talento para reclutar buenos profesionales para los cargos técnicos.

Lejos de apuntar a teorías eugenésicas o superioridades étnicas de ningún tipo, creo que esta anomalía científica y estadística halla explicaciones plausibles en ámbitos como la climatología o en la propia formación de los preparadores y entrenadores de nuestro país –en todos, desde la base a la cúspide de la pirámide, allá donde se encuentran los seleccionadores.

Creo, también, que la estructura federativa, al menos hasta los dieciséis o dieciocho años, y aunque con clara orientación elitista, sigue funcionando de forma eficiente como legado de aquellos juegos de Barcelona que cada día parecen más alejados en el tiempo y en el espíritu de los ciudadanos.

Ganamos, diría, mucho más de lo que merecemos como sociedad. Como sociedad, me refiero, complaciente con el mal gobierno, petrificada ante las modas que nos abisman hacia el sedentarismo (aunque luego se practique deporte a modo de cirugía reparadora), aquiescente y conciliadora con el tramposo.

Es decir, podríamos llegar a concluir que ganamos a pesar de ser españoles, lo que en el mundo del deporte implica muchas veces compartir la miseria, soportar las envidias, trabajar en condiciones muy precarias, codiciando, aunque sea pecado, las instalaciones de otras federaciones, la sana separación de poderes que aleja de la cancha las sombras que proceden de los despachos.

Pero no, lo cierto es que ganamos porque somos muy buenos. Técnica y tácticamente. Y porque somos apasionados, idealistas, románticos a riesgo de protagonizar numerosos tópicos y clichés en el imaginario colectivo de países extranjeros. Y porque hay una cierta propensión, de naturaleza mística, esotérica, a que en esta península privilegiada por la geografía y los dioses, nazcan genios que si bien un día escriben y se llaman Cervantes y otro pintan y firman como Dalí o Picasso, a veces también juegan al tenis, montan en moto o corren montaña arriba, sin detenerse.