Jueves, 20 de junio de 2019

Catalonia is not Spain, again

Catalonia is not Spain, again

Han pasado catorce años y parece que fue ayer. El 16 de marzo de 2004 publicaba en el desaparecido digital “Sincolumna”, el único artículo por el que me han amenazado de muerte. Un artículo que titulaba “Catalonia is not Spain” y que me trajo, amén de un aluvión de correos electrónicos de indeseables y violentos piratas separatistas, un virus que me infectó el ordenador y que acabó quemándome la CPU. Porque otra cosa no, pero el tema del independentismo catalán ya se veía venir por aquel entonces. Y yo culpaba al gobierno de Aznar. Y lo hacía con meridiana claridad en la columna que tanto encabronó a los descerebraos que no habían entendido nada de lo que yo escribía y que se dejaron llevar por un titular sacado de una de sus pancartas. Por aquel entonces pedía en mi texto que se cambiara la ley electoral (más o menos lo que lleva pidiendo Izquierda Unida más de veinte años y que ahora parece una novedosa novedad de Ciudadanos), señalaba también al gobierno central por su política de arrimarse a los independentistas y nacionalistas para conseguir sus fines y, después, querer sujetarles cuando ya era imposible. La transcribo, como una reliquia del pasado, al final de esta.

Cuento todo esto porque el martes, catorce años después, tendremos un nuevo capítulo del circo nacionalista. Ahora consiste en saber si un prófugo de la justicia llega hasta el Parlament de Cataluña para ser investido President. El asunto tiene tintes de película juvenil, pero es real como la vida misma. Parece el argumento de una de esas sagas en las que el héroe tiene que conseguir introducirse en el castillo vigilado por las fuerzas oscuras y  así salvar a la humanidad del poder maligno del opresor. Y lo peor de todo es que el Gobierno español ha entrado en el juego y participa en este guión de serie Z interpretando el papel que le ha asignado el irreal y fanático mundo de los enamorados de la ficción catalana. Porque en el fondo esa es la cuestión, que una gran parte de los catalanes se han enamorado platónicamente de algo que no existe, no ha existido (aunque los que viven del independentismo se hayan encargado de hacerles creer lo contrario) y no podrá existir en un mundo cada vez más globalizado.

A mí, qué quieren que les diga, todo esto me da una pereza extrema. Y me encuentro con las palabras del único líder mundial -que tan simpático caía al principio a los grandes poderes del planeta y al que, ahora que les acusa sin miedo, tratan de ignorar y vilipendiar- hablando sobre el cuidado de la casa común en su maravillosa encíclica Laudato Si: “Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia”. Vamos, que nos dejemos de gilipolleces sobre nacionalismos, que vayamos a lo importante y que todos estamos conectados, de ahí que nos interese tanto lo que pase el martes en el circo parlamentario del Este del Estado.

 

Catalonia is not Spain (Sincolumna, 16/03/2004)

Así rezaba el cartel que portaban unos independentistas catalanes el pasado verano, cuando lo del mundial de natación. Andaba yo por Barcelona con mi hermano y, al verlo, me juró que votaría al PP. Imagino que eso mismo les ha debido pasar a muchos catalanes cabreados ante tanta pesadez con el terrorismo, Carod, el tripartito y demás absurdeces dichas desde la calle Génova de Madrid. Pues eso, que el ser humano, por desgracia, tiende a rebelarse ante las prohibiciones y negativas, ante las censuras y los ataques, ante la falta de libertad y la tocada injustificada de huevos. Eso explicaría los ocho escaños, ocho, que ha conseguido la formación independentista catalana en el Parlamento español. Que digo yo que para qué quieren estar presentes en Madrid si tan catalanistas, independentistas y roviristas son. En fin, que no me aclaro. Lo cierto es que se veía venir. Lo decían las encuestas (creo que es en lo único que han acertado) y lo decían todos los que, recordando las lecciones de la historia reciente, mirando en el espejo del País Vasco, vieron la subida irracional de votos a favor de una propuesta tan macabra como la de EH, HB y demás haches de hacha y horror que justifican las masacres y asesinatos y que tienen la poca vergüenza de solicitar a los españoles que les pidamos perdón por no haber sembrado de bombas los trenes de cercanías en mi pueblo.  Señores hijos de puta, sepan ustedes que aunque no hayan masacrado a mis vecinos en esta ocasión, llevan 30 años jodiéndonos la vida. Lo único que podemos agradecerles es que nos hayan entrenado a afrontar el dolor sin caer tan bajo como ustedes. Porque coger una pistola y pegarle dos tiros a alguien es lo más fácil en un momento de calentón. Pero hemos aprendido a contener nuestra rabia, a ejercer nuestra racionalidad, a ser personas sin rebajarnos al juego animal, sucio y mafioso que ustedes practican. Vuelvo a Rovira, a su triunfo, al diálogo infantil que algún infeliz habrá creído posible. Y me rebelo por el beneficio que reciben de un país democrático como el nuestro. Propongo que se cambie la ley electoral para evitar que un partido con el 2% de los votos (ERC) tenga más diputados (8) que otro con el 5% (IU) que sólo logra cinco. Propongo que las listas sean abiertas para poder votar a Rajoy y Zapatero en el mismo sobre, para eliminar a Llamazares de mi papeleta sin dejar fuera a Rosa Aguilar, al combativo Alcaraz y al eficiente Fausto Fernández. Exijo que los votos en blanco tengan representación en el congreso con escaños vacíos y que el pueblo participe en las decisiones importantes que comprometen a un país para evitar más guerras, para que España tenga el derecho a equivocarse porque así lo deciden los españoles, y no porque se le ponga en la punta del prepucio a un señor bajito y con bigote que decide por su cuenta. También Hitler ganó unas elecciones.