Viernes, 10 de abril de 2020

Morir de hambre e indiferencia

El pasado mes de noviembre Lola Huete publicaba en El País un artículo titulado “Marcos, 10 años, 13 kilos”, en el que analizaba la situación de un niño angoleño enfermo de sida y cuya desnutrición es llamativa incluso en un lugar del mundo en el que la desnutrición no es llamativa. En el artículo, Lola Huete afirmaba: “Bastaría que hubiera una sola persona hambrienta en el planeta para no cesar de denunciarlo. Pero la inmensidad de la cifra, 815 millones, los convierte en la no noticia”. La normalización silencia, encubre, anula una realidad, la realidad.

¿Por qué vivimos en un planeta en el que 815 millones de personas se mueren de inanición? Si lo sabemos, si somos conscientes de la injusticia, ¿por qué la consentimos? ¿Por qué no hacemos nada? Diremos que no podemos solucionarlo, que qué vamos a hacer, que nosotros no tenemos la capacidad de hacer nada. ¿Pero de verdad no podemos hacer nada?

Hace unos años Jacques Diouf, el presidente de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, explicaba que solucionar el problema del hambre en el mundo “no es un problema de falta de recursos, sino de prioridades”. Si acabar con la inanición fuera una prioridad de las sociedades que no sufren la inanición, conseguiríamos el objetivo. Pero no lo es. ¿Por qué no lo es? ¿En qué pensamos para no pensar en lo esencial? ¿Qué cantos de sirena ensordecieron la voz de nuestra conciencia? ¿Por qué no interesa? ¿Por qué no interesa que interese? ¿Es demasiado ingenuo incluso planteárselo? ¿Tan lejos nos sentimos, tan a salvo? ¿Dónde quedó la empatía? ¿Dónde la humanidad de esta humanidad? ¿En qué momento elegimos la indiferencia? ¿A cambio de qué?