Miércoles, 23 de octubre de 2019

Nuestra universidad

Este 2018 recién iniciado, se celebra, celebramos el octavo centenario de la Universidad de Salamanca, la primera universidad española por antigüedad y, en algunos momentos históricos (particularmente en el Renacimiento y en algún momento de los tiempos barrocos), una de las más eximias de España y aun de Europa.

Y, más allá de los fastos, de los inverosímiles elefantes equilibristas de Barceló y de otras mil lindezas que habrá, esta efemérides tendría que servir, sobre todo, para realizar una reflexión colectiva del presente y el futuro de la universidad de Salamanca. ¿No se estará quedando descolgada de tantas cosas, de tantos avances como hay en el mundo? ¿Sigue siendo un foco de irradiación cultural, con perspectivas universalistas, o más bien se está quedando en una mera academia expendedora de títulos, a la retaguardia de todo lo nuevo que está aconteciendo en los inicios de una nueva etapa histórica?

Son reflexiones que nos importan y que nos incumben a todos. Amamos mucho a nuestra universidad, pues nos formamos y titulamos en ella, y no queremos desentendernos de sus derivas en el presente y en el futuro más inmediato.

El sentir popular y ciudadano siempre ha dicho que la universidad es la primera empresa salmantina. Y es bien cierto. Desde los tiempos medievales y hasta hoy mismo, genera vida, riqueza, saber (recordemos el dicho español, que tendríamos que lograr que siguiera siendo válido de: “A aprender a Salamanca”)… de los que se beneficia, de modo directo o indirecto, toda la población urbana salmantina.

Nuestra universidad fue la de los años de la agonía del franquismo (de 1970 al 75); unos años turbulentos pero fascinantes; unos años en los que la facultad de letras estaba aún muy viva. Habían pasado profesores –no solo en letras, sino en otras facultades, como derecho, por ejemplo– que, como Tierno Galván, Martín Sánchez Ruipérez, Luis Gil, Miguel Artola y otros por el estilo, habían dado el paso a Madrid; otros lo estaban dando, como Fernando Lázaro Carreter.

Pero aún tuvimos la suerte de contar con extraordinarios maestros, de los que aprendimos no poco; en algunos casos, aunque no nos dieran clase, asistiendo a las suyas, por el mero gusto de aprender. Considero mis mejores maestros al aragonés Federico Torralba Soriano, de breve estancia salmantina, pero que me enseñó a ver y comprender el arte antiguo, medieval y contemporáneo, y aun el más actual; a Cirilo Flórez Miguel, que me enseñó a leer filosofía; a Antonio Linage Conde, que me proporcionó una visión muy personal y fascinante de la historia; a Santiago de los Mozos, que, a través de Jean Cohen y de Vladimir Propp, me hizo comprender mejor la poesía  y el relato; al gran Antonio Llorente Maldonado, un sabio, universal y al tiempo salmantinista, que me transmitió la mejor filología; lo mismo que, de otro modo, José Antonio Pascual…

De entre los que no me dieron clase, pero a los que escuché, por el gusto de seguir su rastro, están otros maestros, como Ricardo Senabre o Luis Michelena, entre otros. Ah, y todas las mañana, Rúa adelante, camino de clase, a primera hora, coincidía con ese extraordinario humanista y profesor en derecho que era Francisco Tomás y Valiente, bárbaramente asesinado por eta años después.

Son algunos recuerdos de nuestra universidad. Escribiremos más sobre ella, a lo largo del año. Para empezar, deseémosle larga vida, porque será el mejor augurio para la propia Salamanca y los salmantinos. Pero, para que ello siga siendo posible, todos hemos de arrimar el hombro.