Martes, 11 de diciembre de 2018

"pazto educatibo"

Como una zanahoria para el hambriento elector, como un mal truco de magia para el tonto más tonto del censo, enseñando una y otra vez la misma baratija de las que componen los programas de los partidos políticos, hoy se agita de nuevo ante los ojos de la ciudadanía la vieja sonaja del “pacto educativo”, una y mil veces nombrado, manoseado, chuleado y evitado, una y mil veces anunciado y traicionado, y cual la existencia y utilidad de esos observatorios contra la violencia de género creados cuando las muertas se amontonan y olvidados cuando solo gotean, o esas comisiones urgentes para evitar el bullying escolar después de algún suicidio infantil y mudas y ciegas y sordas cuando sólo la angustia hiere la inocencia y la desesperación aniquila el candor, se diluyen enseguida; o como se anuncian esos pactos políticos de campanillas y posados y corbatas y moquetas  y rimbombantes nombres, que prometen el pleno empleo, el fin de la desigualdad, la eliminación del machismo, la honradez política, la honestidad bancaria o la independencia judicial, hoy ya se preparan las enormes y brillantes mesas de reunión para las fotografías que anunciarán los prolegómenos de los primeros contactos de las aproximaciones para sentar las bases de los acuerdos que permitan iniciar las conversaciones para alcanzar las condiciones que propicien un principio de convergencia que facilite la intención de profundizar en la denominación de lo que se ha dado en llamar “pacto educativo”. Y a otra cosa.

El pacto educativo que precisa este país no puede depender de la propaganda vacía de lo que acuerden, decidan o daten quienes han manoseado la educación hasta convertirla en moneda de cambio electoral y en crisol de mentira, interés, cálculo electoral y reparto.

No puede depender el futuro de la gente y del país de los que han permitido la desigualdad de trato en la enseñanza y la educación con la existencia, aumento y consagración de ayudas oficiales a centros doctrinales religiosos o clasistas en lo económico, ni de quienes han situado la enseñanza universitaria en tal situación de carestía, que han creado un territorio de pudientes educados o pudientes titulados o pudientes solo pudientes.

No puede un ideal pacto educativo (necesario, imprescindible, urgente, capital), dejarse en manos de los mismos partidos políticos y los mismos inútiles dirigentes de un país que ha visto cómo desde que comenzó esta especie de democracia “a la española”, la educación ha sido confundida interesadamente con la enseñanza del folclore, manipulada sin distinción en la misma masa que hornea la formación junto con la torería o fusionada sin mesura y con añadidos de todo tipo con la instrucción profesional  y las demandas empresariales, con el aprendizaje de la fiesta o la imitación de lo comercial, con la trascendencia teológica y el estudio de la ciencia, y cada uno de esos conceptos retorcido en su contenido y su significado, falsificado en su sentido y disfrazado en su valor.

El resultado, a la vista está, es una mezcolanza indigerible de adoctrinamiento, especialmente religioso, pero no solo, de seguidismo acrítico y de tendenciosidad de pensamiento, de clasismo en colegios mayores, uniformes distintivos, sexismo separador, botellón, novatada, pijotería sin cuento, “graduaciones” a cual más ridículamente estúpida hasta en el nivel infantil, que ha lastrado el crecimiento social general e individualmente durante décadas, alumbrando generaciones de analfabetos funcionales en la maduración mental y la socialización, inútiles para la autocrítica, ignorantes en política y despegados de la responsabilidad, culturalmente mirones, imitadores, insolidarios y, sobre todo, desesperanzados, consumidores, nihilistas salvo en el dinero, súbditos o feligreses,  permitiendo que se produzca una de las situaciones con mayor nivel de incultura efectiva, brutalidad de trato e indiferencia que se ha conocido en décadas.

Generaciones fallidas para el acuerdo o siquiera la convivencia, masas radicales y forofas, con dinámicas equivocadas y dañinas respecto al ocio y su gestión, a su propio respeto, trufadas de aceptación del nepotismo, aduladoras de la incompetencia, perseguidoras del enchufe,  marcadas por el miedo, el limosneo y la inseguridad por el futuro y con un servilismo mezquino respecto a todo tipo de poder.

Hablar hoy de “pacto educativo” sin hablar antes de dinamitar, limpiar, anular o reformar hasta los huesos, completamente, totalmente, decididamente las chorreantes estructuras del interés y la manipulación que han caracterizado y ensuciado, y caracterizan y ensucian  la educación en España, es un ejercicio tan vacuo como la intención que (otra vez) lo anuncia.