Viernes, 19 de octubre de 2018

Temas para un año más

Lejos de su carácter instrumental como mecanismo de comunicación, la escritura puede llegar a convertirse en una razón vital. Una actividad que confronta al desasosiego diario, pero que a la vez es capaz de ser fuente de zozobra permanente. Motivo de felicidad y origen de desdichas. Orham Pamuk, basándose en Schiller, en su obra El novelista ingenuo y sentimental recuerda otra dualidad existente en la literatura. Frente al síndrome de la página en blanco hay dos actitudes: lanzarse a escribir de manera espontánea o meditar concienzudamente el plan de la tarea a realizar y no empezarla hasta tenerlo claro. Sí, las palabras hilvanadas, dando sentido a una emoción o interpretando un problema, no surgen de una misma fórmula motriz. De hecho, hay tantas como individuos en el planeta con el conocimiento mínimo para escribir. Son cuestiones de las que hay que estar al tanto sobre todo cuando uno se asoma a la plaza pública de forma habitual.

 

Abordar un escrito supone, por consiguiente, dilucidar un dilema: lanzarse a la búsqueda ingenua de las palabras que configuren un cierto sentido o tener preconcebido el mensaje de lo que se quiere decir para que la reflexión ilumine lo que se va a expresar. Quien es ingenuo vive atrapado por la simplicidad mientras que el reflexivo lo está por sus propias emociones y pensamientos. Dice Pamuk que los poetas ingenuos son como la naturaleza, calmados, crueles y sabios, y su escritura es espontánea, sin molestarse en tener en cuenta las consecuencias intelectuales o éticas de sus palabras y sin reparar en lo que puedan decir los demás; estos poetas no diferencian mucho entre su percepción del mundo y el mundo en sí. Por el contrario, los poetas reflexivos son inquietos y nunca están seguros de qué palabras vayan a abarcar la realidad y transmitir el significado que quieran darle; cuestionan todo aquello que perciben, incluso sus propios sentidos. El arte consiste en situarse en el término medio, o, mejor, ser ingenuo y reflexivo al mismo tiempo.

 

Así las cosas, ¿cuál constituye un temario mínimo de asuntos a abordar en el año entrante que merezcan la pena y que en su desarrollo puedan tratarse con ingenuidad y reflexividad? Consciente de la dificultad de la pregunta me inclino por cinco temas: el primero tiene que ver con el incremento de la plutocracia a nivel mundial y su impacto en el aumento de la desigualdad. El segundo se refiere a la gobernanza global. El tercero concierne al impacto de la inteligencia artificial en las vidas ordinarias. Seguidamente se encuentra el envejecimiento de la población. Y el último se relaciona con visiones supremacistas o excluyentes vinculadas con la raza, la religión, el sexo o sentimientos identitarios de otra naturaleza fundamentalista. Son temas, se me dirá -y con razón - que no afectan solamente al año ya en curso, sino que llenarán la agenda de los venideros, pero no está mal que empecemos desde hoy mismo a escribir sobre ellos ingenua y reflexivamente.