Jueves, 18 de octubre de 2018

Hoy hace ocho años

Faltaban tres semanas para la cesárea programada. Sabíamos que serías niña y que te ibas a llamar María. Te esperábamos, pero no este día. Los Reyes se habían portado muy bien, como casi siempre en nuestra familia, y tu madre y yo nos acostamos tranquilos pensando en que tendríamos que ir a trabajar al día siguiente. Hacía mucho frío y dejamos la calefacción puesta. De madrugada mamá se despertó porque la cama estaba empapada. Pensaba que no había podido controlar los esfínteres porque te movías mucho en la tripa y quizá le habías dado una patada a su vejiga. Se levantó para cambiar las sábanas y quería seguir durmiendo, como si nada. Logré convencerla para acercarnos al hospital un momento y que ellos nos dijeran que, en efecto, no era nada. 

En urgencias nos recibieron muy amables. Íbamos con calma. Estábamos casi seguros de que enseguida volveríamos a la cama. Al llegar metieron a toda prisa a mamá a una sala con otras embarazadas. A mí me pidieron que esperara fuera. No era pis lo que había empapado las sábanas. Mamá había roto aguas. Me lo dijo una matrona que salió un buen rato después para informarme que ibas a nacer, que tenían que adelantar la cesárea, que fuera a casa a por las zapatillas de mamá y a por tus cosas: la ropa, los pañales, la colonia, todo eso que me sonaba muy tierno y que ignoraba sería el inicio de unas nuevas vidas. La tuya. La mía. La de mamá. La nuestra. 

Nevó en Madrid el 7 de enero de 2010. Hoy hace ocho años. Los Reyes se alargaron dejándonos el mejor de los regalos. No te esperábamos tan pronto, ni tan rápido, ni tan fácil. Me llamaron de madrugada para que fuera a ver a mamá. Estaba cansada y nerviosa. Quería estar contigo porque te habían llevado a una incubadora. Me pidió que te buscara y te hiciera una foto con el teléfono: quería verte. Y te encontré. Y me pareciste la niña más bonita del mundo. Y te hice un montón de fotos. Y en todas me parecías preciosa. Y no me podía separar de la urna de cristal donde te movías con los ojos cerrados. Tenías todos los dedos de las manos y de los pies. Te los conté varias veces. Quería cogerte, pero no me dejaban. Una enfermera me recordó que mamá me esperaba. Y fui corriendo a enseñarle tus fotos. No nos poníamos de acuerdo. A mamá le habían rajado la tripa para sacarte, a mí se me había abierto una brecha en el alma por la que te colaste. 

Llamé a los abuelos a Bilbao, a los abuelos a Valdetorres. A todos los tíos. Y empezaron a llegar para verte, ya en la habitación, junto a mamá. Todos te querían coger. Me regañaron porque decían que eras más guapa en persona que en las horrorosas fotos les había mandado. Estaba Madrid nevado. El aeropuerto se colapsó. Y nuestra primera noche juntos apenas pegamos ojo pendientes de tu respiración, de si cogías el pecho, de si tomabas el biberón. 

Hoy haces ocho años. Hoy te queremos igual de todo que el día en que llegaste para dar un vuelco a nuestras vidas. Felicidades, hija. Felicidades, María.