Lunes, 15 de octubre de 2018

De umbral en umbral

Para conjurar la monotonía de la línea continua e imperceptible del paso del tiempo, cada sociedad, cada cultura va trazando hitos o marcas en el transcurso del tiempo. Surge, de este modo, ese fascinante cómputo temporal –tan distinto en cada cultura y en cada civilización– que está constituido por los calendarios.

En el nuestro, marcado desde los tiempos medievales por el cristianismo, el paso de un año a otro lo celebramos con esas fiestas desbordantes, llenas de luz y de algazaras, que son la Noche Vieja y el Año Nuevo, cada vez menos entrañadas en el recogimiento familiar y comunitario, como ocurría en el mundo rural, y más desbordadas hacia una exterioridad excesiva, que caracteriza a las sociedades ‘ricas’ (o del bienestar, como también se las llama, pese a tantos malestares) del primer mundo a las que pertenecemos.

Pero esta sobreabundancia, este exceso, tan desinhibidamente practicados por tantos, se produce –como decía, no hace muchos días, un lúcido analista en un programa televisivo– a costa de las generaciones jóvenes (sin trabajo, o con trabajos precarios, en un escandaloso y alto tanto por ciento en nuestro país), de las gentes del llamado tercer mundo y de los recursos naturales de la tierra.

En todo calendario, en todo paso de un año a otro, hay en la sociedad una sutil percepción del paso de un tiempo viejo a un tiempo nuevo, que se vuelve a percibir unos meses después con el paso del invierno a la primavera. En este caso, lo expresamos a través de los adjetivos “vieja”, aplicado a “noche” y “nuevo”, que aplicamos a “año”.

Siempre el dualismo de lo viejo y lo nuevo. Porque el ser humano, tanto en el plano individual, como en el social y comunitario, necesita de una renovación continua del tiempo, requisito necesario para la continuidad poderosa de la vida, cuyos mayores enemigos son las perspectivas mortecinas y caducas.

Los clásicos representaban lo viejo y lo nuevo, el pasado y el porvenir, a través de la figura de Jano, el dios bifronte, con doble rostro, que mira al tiempo hacia atrás, hacia el pasado, y hacia adelante, hacia el futuro. La huella de tal percepción queda en nuestro calendario en el nombre del mes de “enero”, derivado precisamente de Jano.

Otra imagen simbólica, en el cambio de año, es la del umbral. El paso de un año a otro, del periclitado diciembre (lo viejo, “noche vieja”) al incipiente enero (lo nuevo, el “año nuevo”), lo percibimos como  que lo realizáramos a través de un invisible umbral, atravesando el cual es como si nos renováramos, pues dejamos atrás el pasado, lo viejo, lo caduco, lo periclitado y avanzamos hacia el porvenir, hacia el futuro, hacia lo nuevo, pero también, en el fondo, hacia lo incierto y lo desconocido.

De ahí que, en llegando estas fechas, nos deseemos todo lo mejor para el año nuevo, para el año que comienza, para ese enero que, pese a todo, lo percibimos como una cuesta, como algo dificultoso, hasta que el tiempo (el transcurso del año) vaya cogiendo carrerilla.

Vivimos, vamos siempre de umbral en umbral (ese hermoso título del poeta rumano-germano-judío Paul Celan, ‘De umbral en umbral’).

Al atravesar este, el que nos da acceso al nuevo año, se lo deseamos lo más venturoso posible a todos nuestros lectores.