Jueves, 16 de agosto de 2018

Qué bonito pronombre tienes

“Qué buena idea fue comprar esto”, le comentaba una niña a su amiga mientras lanzaba pompas de jabón al cielo dejando que fuera su hermano el encargado de explotarlas. Ello mientras ignoraban que una de aquellas burbujas se desplazaba sobre sus cabezas, con la libertad que concede no saber nada del final que le esperaba, ajena a las fuerzas meteorológicas que terminarían por desdibujarla al ejercer una presión superior a su resistencia. En la ignorancia, y en la libertad que esta concede, reposan los fundamentos de la felicidad infantil, esa que mañana alcanzará sus niveles máximos durante la cabalgata de los reyes magos, en esas horas de evasión que de vez en cuando nos permitimos aceptando, de esta manera, que el resto de nuestra vida la dedicamos a pagar el peaje.

 

Puede que la felicidad tenga un bonito nombre, pero su esencia radica muchas veces en el uso de ese ingenuo sustituto, enemigo de la redundancia y astuto disfraz del desconocimiento que es el pronombre. El discurso infantil está lleno de ellos, no hay pudor ni balbuceo en su pronunciación, no hay vergüenza, por qué habría de haberla. Los adultos, en cambio, se enredan en el juego de la sinonimia y el eufemismo, rebuscan en sus lecturas el sustantivo apropiado que muestre su pericia y sapiencia. Más aún en el campo del deporte, donde cada día surge un nuevo tecnicismo prestado del inglés, lengua que se ha impuesto, a partes iguales, por simplicidad, eufonía y estupidez, no ya para colmatar lagunas del idioma nativo, sino superponiéndose a las lenguas vernáculas donde ya existía vocablo o entrada de diccionario igualmente precisa y concreta.

 

Es el lenguaje solo la capa más superficial del problema, digo bien, de la profesionalización. Cuanto mayores son los intereses en disputa, el dinero sobre la mesa, las presiones de grupos empresariales ajenos a la institución original del juego, este termina desnaturalizado. Sus reglas dejan de ser las que garantizan una mayor igualdad entre los contendientes, pasando a ser las que mayor espectáculo pueden conceder a los televidentes, paganinis últimos de toda esta movida. De esta forma el deporte va desprendiéndose de señas de identidad como el azar, que queda reducido a la mínima expresión, el error humano o el golpe de genio. Ya no gana el listo (listo por intuitivo), sino el que dispone de más información y, de esta manera, los ricos son cada vez más ricos y… ¿alguna vez se han preguntado por qué ya no salen tantos jugadores argentinos y brasileños de sus ligas?

 

En el deporte profesional todo tiene un nombre. Algunos son bonitos; metáforas, apelaciones a leyendas clásicas o animales; otros son puramente descriptivos y recuerdan a la geometría, y también está la jerga, que sobrevive a este nuevo intento de tiranía del logos sembrando de costumbrismo los campos y sus gradas. Ahora ya todo tiene un nombre, una causa y un efecto, un coeficiente de correlación, una precisa explicación. Con dos gráficos virtuales, un par de esquemas y tres anglicismos podemos saber por qué la pompa que volaba sobrevivió a los esfuerzos del niño y en qué momento una racha de viento más fuerte terminó por explotarla. Y está muy bien saber, quién soy yo para negarlo, pero permítanme que a los reyes magos, en mi carta, les pida solo esto. Nada más que esto.