El loro de Carmen

Tengo una clienta que me es especialmente interesante. Se llama Carmen. Es extremeña. En mi barrio viven un numeroso grupo de familias extremeñas asentadas en esta parte de la ciudad desde hace casi cincuenta años, algunas incluso fueron, probablemente, los primeros pobladores de esta parte de Salamanca, el Paseo del Rollo, Comuneros…

 Carmen tiene el hablar característico de su tierra que, a pesar de llevar aquí muchos años, no cede. Y un carácter noble y amable que imita su marido, un hombre tímido y de apariencia mansa. No tienen hijos pero Carmen tiene un loro. Un pedazo de loro en un jaulón, un animal curiosísimo que cuando voy a su casa me habla como si fuera una persona. Esta mañana entra Carmen en la tienda y le pregunto por el loro y me dice que está enfadado porque no le gusta estar en casa. Este verano le llevamos al pueblo y allí está más entretenido en el jardín, ve otros pájaros, en fin, pero aquí en el salón todo el día…

 Pero no vea usted, me dice la mujer, con el susto aún caliente en su rostro, el disgusto que me pude llevar. Casi me lo mata el águila. “¿Y cómo fue eso?”, inquirí con teatral sorpresa.

 Como es la época en que hay muchas por allí porque anidan…”Ya, le digo, pero está en la jaula  ¿no?”…sí pero saca la cabecita y lo matan.

 Menos mal, remata angustiada aún Carmen, que me llamó gritando: “¡Carmen, Carmen, Carmen…!”, que si no me lo matan al pobre. Ahora, mire usted, está enfadado, no está contento el pobre.

 “¡Pues como Rajoy en Cataluña!”, ocúrreseme en un repente.

Pues sí, hijo sí, responde ella cansina,  como sin espíritu. Bueno, hijo, voy a buscar el pan, que hace frío…

 Adiós Carmen, y de Vd. recuerdos al loro.

Sí, hijo sí, de su parte.