Lunes, 15 de octubre de 2018

Haciendo historia - 2

 

Si examinamos el atlas de los pueblos pastoriles del planeta, enseguida evidenciamos el arraigo secular  de la trashumancia  en las penínsulas europeas del Mare Nostrum, afrontadas al nomadismo  de las costas africanas. La migración trashumante,  basada en el aprovechamiento estacional de pastizales complementarios, modeló el paisaje agropecuario, curtió un tipo humano de vida cíclica en su trajinar entre “extremos”,  reportó riqueza  material  a las economías  preindustriales  y comportó  una trama de caminos pecuarios.


De resultas, en los países mediterráneos se crearon gremios que ampararon el ramo: la afamada   Mesta en la Corona de Castilla, la Casa de Ganaderos en la de Aragón, la Dogana de Foggia en el Mediodía italiano, y, de menor entidad, las de la Maremma, las islas de Córcega, Cerdeña y Sicilia, las sierras de Portugal, el mosaico de los Balcanes, los valacos de Rumania y los sarakatsani de Grecia. Esta geografía del pastoreo meridional enlazaba por el norte con la vida ganadera de tipo alpino y con los lapones septentrionales, mientras que por el sur lo hacía con el nomadismo  del desierto, por donde caminaban  las caravanas de camellos de los anatolios y las de dromedarios de los países arabobereberes. En suma, henos ante las señas de identidad  de los pueblos pastoriles de Europa, entre los que destaca por su importancia y longevidad nuestra trashumancia ibérica.

En este sentido, al adentrarnos en el ciclo trashumante de una sociedad pastoril como era la castellana, debemos clarificar sus modalidades ganaderas. Pues bien, desde la Alta Edad Media se acuñó el concepto de Cabaña Real de Castilla, quedando definida como el conjunto de todos los ganados del reino y sus dueños bajo el amparo del monarca en el uso de prerrogativas mayestáticas. Dentro de ella podemos distinguir una triple tipología pastoril

  1. 1 – El pastoreo estante, el más común a todos los pueblos ganaderos del mundo, en el que el ganado no sale de sus suelos a herbajar a lo largo de todo el año. Está estrechamente unido a la labranza, que se beneficia del estiércol producido por los animales, quiénes además aportan elementos básicos a la economía autosuficiente campesina, como la carne, la leche, la lana, la osamenta, el cuero, etc. El labriego-pastor, puesto que así le podemos llamar, o bien mantiene a sus reses en los apriscos, o bien los hatos de cada uno de los vecinos se unen en una sola manada comunal que pasta en los baldíos del pueblo en régimen de mancomunidad.
  1. 2- El pastoreo transterminante, donde los rebaños traspasan transterminan - el  término jurisdiccional  de sus municipios  y pasan a utilizar dehesas de pueblos vecinos. Como en su caminar en pos de pastizales contiguos, siguen el curso de las riberas, estos ganaderos reciben el nombre de “riberiegos”.
  2. 3- El pastoreo trashumante  propiamente  dicho,  el de los grandes desplazamientos semianuales, donde las cabañas marchan a en otoño a invernar a las cálidas dehesas del Mediodía para regresar en primavera a agostar a los puertos frescos de las montañas del Septentrión interior
  3. A partir de aquí, la documentación oficial mesteña, la que atañe a la trashumancia histórica española, distinguirá entre sierras y extremos: sierras son las montañas que bordean la Submeseta septentrional y extremos los pastos de invierno de Extremadura, La Mancha y Andalucía. Por cierto, que la etimología de la palabra “extremadura”  alude a ser el “extremo del río Duero” (“extremo Douro”), pero también a los extremos de la trashumancia.  Luego hay una Extremadura extremeña, que es la comunidad  autónoma que todos conocemos, y hay también una Extremadura castellana, que nos recuerda el lema soriano: “Soria pura, cabeza de Extremadura”