Jueves, 18 de octubre de 2018

Filosofía

“La vida es como una gran feria, donde algunos van a hacer negocios, otros a divertirse y otros, los mejores, solo para observar lo que allí sucede”.
PITÁGORAS DE SAMOS  (500 a.C.)

 

Marginalmente, apenas con interés y arrumbada en el baúl de lo inútil, la progresiva desaparición de la Filosofía de los programas oficiales de enseñanza en todos los niveles, avanza imparable al tiempo, no casualmente, que las opulentas sociedades de cualquier latitud descienden (más bien caen) hacia los abismos de la insustancialidad y la insipidez. Y la ceguera.

Convertidas las universidades en fábricas de alcahuetes del más chusco capitalismo, e identificada la enseñanza con el reino de la memorización y la titulitis, la desaparición de la enseñanza de la Filosofía retrata prístinamente el contenido profundo (es un decir) de los afanes y las aspiraciones de unas colectividades arrojadas en manos de los mercaderes, y que no son otros que la imitación, el gregarismo, la estúpida jactancia y una escalofriante ausencia de empatía solidaria hacia nada que no genere beneficio personal.

Confundida, hurtado su sentido y manoseada por teologías de todo tipo, especialmente en Occidente el cristianismo, la Filosofía ha estado durante siglos en manos de gurús, sacerdotes y celebrantes de ritos y ceremonias de la adoración, que se han apropiado de los conceptos filosóficos propios de la ética, la deontología de la convivencia o las categorías morales del humanitarismo, para convertir su observancia en recurso de piadosa feligresía y su ejercicio en mérito absolutorio ante dioses fiscalizadores. Mal enseñada, peor explicada y equivocadamente estructurada para su estudio, muchas veces en manos de charlatanes y otras muchas de negligentes con cátedra, chuleada, troceada e indignamente tratada, la Filosofía ha tenido que arrastrar (y arrostrar) definiciones falsas, cargas ajenas, absurdos, censuras y epítetos ridículos a lo largo de su historia, además de una sombra de esnobismo circundante, en absoluto parte de ella. Si una ventaja (raquítica) hubiera que buscar en la minoritaria presencia que la Filosofía tiene en la dinámica vital (otro decir) de las sociedades actuales, no sería otra que la clarificación de su esencia y la legitimación de su contenido.

Pensar, esa actividad propia de la Filosofía que habría de definir el concepto de humanidad y la categoría de persona, ha sido anulada o, más bien, colonizada, por una vagancia mental fruto de la falta de educación. La capacidad crítica para con lo propio y el ámbito de lo propio, ha sido arrumbada bajo el gregarismo que la publicidad consumista y las consecuentes plusvalías han establecido como norma de conducta y casi deber de ciudadanía. La reflexión sobre el mundo, el análisis del conocimiento y de la cultura, el cuestionamiento de las propias certezas, la crítica y el necesario replanteamiento de lo que es cada uno y cada cosa, han entrado en el territorio de lo prescindible e, incluso, de lo ridiculizable. La antigua preocupación por la naturaleza humana, por la responsabilidad, por la convivencia y, sobre todo, por el deber íntimo y no impuesto y la condición humana, materias propias de la Filosofía, no tienen cabida hoy en esta caricatura de fraternidad en que seguimos muriendo.

El salvaje e imparable cambio climático que nos costará la vida, el aumento de la violencia de todo tipo que nos ha hecho desvergonzados, el progresivo nivel de estupidez de cada vez más gobernantes que nos convierte en impotentes sociales, el belicismo creciente con que nos amenazamos, la desigualdad en todo aspecto de la vida con la que mantenemos la ficción del bienestar, el imparable descenso de los niveles educativos que nos convierten en dependientes de cualquier cosa, la mercantilización de la enseñanza, la sanidad y la cultura, que nos hace imbéciles, la sevicia creciente en las relaciones de poder que tendría que sonrojarnos, el descaro moral o la impunidad flagrante con que nos miramos, son solo algunas consecuencias del abandono de la enseñanza de la Filosofía.

Desde estas líneas, y en los últimos estertores de un mundo abocado al trágico final de su suicidio, es preciso romper una lanza, quien esto firma lo hace, por todos aquellos que hoy estudian Filosofía y enseñan Filosofía o quieren hacerlo; aquéllos que siguen creyendo en el valor de la palabra y en la fuerza del pensamiento, en la reflexión ética, en la validez del diálogo y, sobre todo, en esa espléndida forma de respetarse y respetarnos que es estudiar Filosofía.