Nacimiento: renacer

Vísperas de Navidad, ahí está, un año más, y cuando escribo esto me doy cuenta del peligro de hundir en la rutina esta gran fiesta, porque la rutina siempre es mala: una vida rutinaria es una vida sin espesor, sin finalidad, sin sentido, es soportar el día a día y aguantar a que llegue el siguiente. Muchas veces nuestras vidas están hundidas en la rutina, y eso tiene un alto precio. Parejas que se van al cuerno porque su relación era rutinaria, amistades que vuelan por los aires porque  ya no nos dicen nada, vocaciones al traste porque ni por asomo son lo que fueron. La rutina mata. Y con la Navidad puede pasar lo mismo si perdemos sus señas de identidad.

Aquí en Salamanca tuve el otro día un buen ejemplo. Pasaba al anochecer por la Plaza Mayor y de pronto se encendió en el centro el objeto luminoso que nos recuerda estas fiestas en las que entramos. Me pareció estéticamente precioso, esa mezcla de rojo, blanco, azul y verde, refulgía en la noche y me gustó. Pasado ese primer instante lo observé con atención para saber qué representaba y tras unos instantes me di cuenta de que era un paquete de regalo, un regalo de Navidad, con sus tiras y adornos. Inmediatamente reflexioné: identifican la Navidad con los regalos o, en otras palabras, con el consumo. Y me pareció muy pobre lo que el símbolo quería transmitirnos. Sí, es verdad, los que tenemos cierto poder adquisitivo hacemos estos días regalos, especialmente en Reyes pero ahora también muchos optan por hacerlos en Nochebuena. Es bueno, es bonito regalar cosas a quienes quieres, pero hay otros días del año en que lo hacemos, no es lo propio, lo distintivo de la Navidad, ¿o sí?, tal vez sí, tal vez hemos perdido la Navidad y ni nos hemos enterado.

Para mí, durante años, la Navidad comenzaba unos días antes con la instalación del Nacimiento, con sus figuritas y objetos característicos, y al fondo el Misterio, como se llamaba al portal de Belén, con Jesús, la Virgen y San José de protagonistas. Yo disfrutaba a tope, con mi madre de maestra de ceremonias y todos mis hermanos colaborando. Cuando lo hacíamos reíamos y disfrutábamos como pocos días y, sin decirlo, sabíamos que entrábamos en un tiempo especial, en el que celebraríamos, como punto central, el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios. Cantábamos algún villancico, tomábamos algún trocito de turrón  y éramos felices.

Junto al Nacimiento, otra gran cosa resaltaba en estas fiestas: la familia, la gran familia, con las cenas y comidas en casa de los abuelos, acompañados de tíos y primos. La Navidad se nos hacía presente también como la gran fiesta de la familia, sentir que formábamos parte de una que nos quería tanto era algo que impregnaba de emociones aquellas noches tan especiales. Surgían los recuerdos y los relatos, llenos de fantasía y de ilusión. Oíamos a los mayores, incluso con admiración, nos gastábamos bromas y siempre pasaban cosas inesperadas, sencillas pero sorprendentes, que nunca se olvidan.

Y sí, al final de las fiestas, en Reyes, llegaban  los regalos, que esperábamos y valorábamos pero después de todo lo anterior. Regalos sin Nacimiento, sin familia, era absurdo pensarlo. La Navidad, la vivíamos, la vivía, como la fiesta de las grandes emociones, con todos los seres queridos alrededor, y con el recuerdo del hecho histórico que las motivaba: había nacido Jesús y había que estar contentos porque con él nuestras vidas eran mejores, mucho mejores.

Hoy me he hecho mayor y aunque esos recuerdos inolvidables siempre vuelvan, abogo por conservar su sentido, me niego a aceptar que el objetivo principal de estas fiestas sea hacer y recibir regalos. Bueno, no, un regalo, el principal, sí que quiero seguir recibiéndolo siempre: el amor de todos los míos, estar unida a ellos, sentir su cariño, y la Navidad es el mejor día del año para expresarlo. Y tampoco quiero renunciar al Nacimiento: en mi casa y en mi despacho pongo un belén, mucho más pequeño que el de niños montábamos con nuestra madre, pero que expresa el sentido religioso de estos días, lo que explica su ser y sin el cual solo queda la gran fiesta del consumo y las comilonas. Pues no, lo siento, conmigo que no cuenten para esa manipulación.

Empezaba hablando del peligro de ahogar en la rutina la Navidad. Celebramos el nacimiento del Señor y lo hacemos en familia, pero deberíamos aprovecharla para renacer también nosotros mismos, para cambiar nuestra vida y hacerla digna de ser vivida. Una vida de alegría, de solidaridad, de esperanza. Se lo deseo a todos ustedes y me lo deseo a mí misma. Que no nos roben la Navidad, que no nos arrebaten la esperanza.

Marta Ferreira