Los apátridas por dentro

 “Sugiero a los señores un reserva de la casa” manifiesta el sumiller, camisa blanca, pajarita y mandil listado en negro y verde oscuro, taza de plata, testevin, colgada de una cadena a su cuello. Como consumado relaciones públicas añade, “un reserva que sólo recomiendo a los amigos de la casa…” E inclina ligeramente la cabeza en señal de deferencia, de sumisión elegante.

Mi amigo, siempre querido y, sin embargo, siempre tan distinto, mi amigo, pues, sonríe al sumiller, asiente, agradece ese reconocimiento social. A través de los amplios ventanales del restaurante se ve caminar a los viandantes ensimismados a unos metros de la blanca Embajada Italiana. Voces apagadas, guantes de blanco algodón, sonrisas discretas de las camareras al retirar los platos.

Mi amigo mira sin ver la calle, sin ver a los peatones ecuatorianos conduciendo en una silla de ruedas a algún atildado anciano o a diversos operarios de algún mantenimiento o a muchos cabizbajos sin mayores atributos y me dice: “Esto de la crisis es una solemne mentira” Silencio. Al observar la perplejidad en mi cara, apostilla: “El que es inteligente puede hacerse ahora muy, pero muy rico”.

A mí, a su viejo amigo, que de sobra sabe de su pensamiento le dice lo que no quiere oír. Lo que nunca hubiera querido oír de su boca y, sin embargo, a su pesar, tantas veces ha repetido. Mi amigo siempre ha sido un experto en manejar el ábaco. A él, como a mí, en nuestra juventud, mucho nos enseñaron sobre ellos. Así nos educaban entonces. Quizás fuera mejor decir “nos domaban” entonces.

Parece que hoy se vuelve a las andadas. Ese sobeteo grasiento de las decenas y centenas o del millar con dificultad pasa por el ojo de la aguja. La perdición siempre aparece envuelta con exquisito primor. No hay componendas. Pasar por el ojo de la aguja implica un desnudarse. Algo así como quedarse en pelotas, tirar las ortopedias al mar. Implica aprender a leer, a mirar y a escuchar de nuevo.

A leer entrelíneas, a mirar como un niño y a escuchar como lo hacen los viejos que han sufrido mucho. Una amiga mía, que nunca llegué a conocer, decía: “Uno tiene que ser su propia patria”. En cambio, nos enseñaron a ser apátridas, por dentro. Nos impusieron otros dioses lares y nos hicieron creer, nos siguen haciendo creer, que eran y son los nuestros. El desandar resulta penoso.

El aprender requiere de valentía y el esfuerzo de sufrimiento. Hace días, escuchaba a Selim Sesler. En la habitación se colaba esa música de los hombres pequeños. Música compuesta desde el subsuelo irracional, enervante, orgásmico, melancólico. Todo a la vez.

En oriente, pienso, son (quizás fueron) más sabios. Allí la vida y la muerte, el gozo y el sufrimiento son amigos. Intercambian sus papeles sin cesar. Los occidentales nos hemos construido una vida anestesiada y escindida. Libertad por seguridad. Ofrendas de mayordomo hechas ante el altar sacrosanto del ábaco, del sentido común. Gremio despreciable, adicto a los tranquilizantes, a los iPod (touch, mini, nano, shuffle), a los GPS (off-road, datalogger, bluetooth), a los Plasma Display Panel (LCD, CRT, OLED, AMLCD, DLP, SED-tv, etc.), a la cocina vietnamita o turca, a los automóviles de alta gama o, simplemente, a sus ensoñaciones con primor envueltas ¡Por favor no hagan olas!, no entren con tal ímpetu en esta sentina.

No hagan tragar los lubricantes de esas inútiles maquinarias, a los pocos que quedan bailando en una sola baldosa fuertemente custodiada. Custodiada por tantos y tantos patriotas de tierras inexistentes y ajenas.