Miércoles, 24 de julio de 2019

Cuento de Navidad

En el pasado, la Navidad estaba rodeada de un halo de fascinación y de misterio, de magia y de maravilla. Tal halo ha pertenecido siempre –y acaso hoy siga estando vivo en el alma de ellos– a los niños y también a los campesinos. Niñez y mundo rural parecen ir siempre de la mano cuando llega la Navidad que hemos vivido y que seguimos viviendo.

Pero, en nuestra sociedad, la Navidad se ha convertido, desde hace ya tiempo, en otra cosa, en una fiesta del consumo, de la banalización, del exceso, de la trivialidad, de una sobreabundancia que cargamos sobre las costillas de quienes no pueden permitirse tales códigos.

Porque, como escuchábamos uno de estos días en un programa televisivo, el llamado bienestar de sociedades como la nuestra, del primer mundo y de las generaciones de todos estos años, lo estamos detrayendo de las generaciones del futuro, de las gentes de los países pobres, del llamado del tercer mundo y de otras especies de seres vivos y de los recursos del planeta.

No extraño que la Navidad haya tocado el alma y le creatividad tanto de los escritores y artistas cultos, como del mundo popular. Ahí tenemos los villancicos, los romances... y todas las bellísimas manifestaciones del arte y de la literatura cultos a lo largo de nuestra historia.

Estos días pasados, releía por enésima vez la ‘Canción de navidad’ del narrador inglés decimonónico Charles Dickens. El pragmático, individualista, egoísta Scrooge, socio del ya difunto Marley, en la sociedad “Scrooge & Marley”, tiene como único objetivo el beneficio y va a lo suyo siempre, “por la senda de la vida, apartando de su lado toda humana simpatía”, de ahí que tenga a su escribiente, a quien nunca pierde de vista, “en un estrecho y mísero cubil”.

De ahí que se le haga caer en la cuenta de cómo se halla en el lado ruin y equivocado de la vida, a través de la aparición se sucesivos espectros que le van mostrando, a través de su antiguo socio, de la humilde pero cálida celebración navideña la familia de su pobre escribiente, de su propia vida pasada y de lo que le ocurrirá al final de sus días, por dónde habría de ir la vida verdadera.

Porque –como indica el sobrino del propio Scrooge, cuando lo va a invitar y el tío lo rechaza– “he considerado siempre Navidad, a más de la veneración debida a su sagrado nombre y a su origen, como la ocasión de poner en práctica los sentimientos de amor, caridad y bondad que en nuestro corazón guardamos.”

Dickens, el autor de los niños huérfanos, de las gentes humildes y desheredadas –que tanto gusta al gran escritor mexicano Sergio Pitol, y no es extraño en absoluto–, nos ofrece un hermoso relato de ese halo de la Navidad, del que guardamos memoria y experiencia desde nuestra niñez.

Como también ese halo misterioso, pero en esta ocasión trágico, lo recoge Hans Christian Andersen, en ese cuento tan sobrecogedor que es “La vendedora de fósforos”. Porque la Navidad nos habla de desamparo y de pobreza, pero también de la posibilidad de que siempre nos protegen de tales intemperies los seres que nos aman y las criaturas que nos regalan con la calidez de su aliento, para librarnos de tantos fríos gélidos como hemos de soportar.