Martes, 27 de octubre de 2020

Suspiras y han pasado 12 años

   Esto de escribir tiene sus vueltas de hoja. Como cada capítulo de un buen libro.

   Ayer escribí sobre una niña que cumplió 9 años y hoy se presenta en esta columna con 12.

   Y todo sigue igual menos los años, sigue siendo mi princesa, ¡creo que nunca dejará de serlo!

   Está en esa etapa en la que una no sabe si se está haciendo mayor, si ya es mayor, si la tontería que le llega por inspiración divina es obra de la naturaleza, si su autonomía no está reñida con su responsabilidad.

   Primero de educación secundaria, buenas notas, horas de flexo y escorzos.

   Segundo año de baloncesto, con cuatro sesiones de entrenamiento semanales, un grupo de niñas que no saben que están viviendo un sueño por lograr algo importante que las dejará marcadas de por vida, y no es el resultado, es el aprendizaje de cada día, la felicidad de la asistencia y la canasta, el tiro que entra, el partido que se pierde. Solo espero que dé lo mejor de sí misma, que se entregue al equipo, a sus compañeras, que respete siempre a las adversarias, que sea capaz de sonreír cuando los días de fiesta gane a su padre en el último segundo, que la entrenadora sea buena consejera de cuerpo y espíritu.

   Nuestra princesa de semblante hierático es muy sensible, está inmersa en el debate interno de ser capaz de asimilar el sinuoso camino de los sentimientos, y no quiero ni oír hablar de amores, sus amores somos sus padres y punto. Esto último uno lo dice con nula fe, todo polluelo aprende a volar.

   Laura vino al mundo, nos colmó de felicidad y seguiremos disfrutando de ella con emoción.

   Hija, gracias por existir.   

   Al señor Andrés.