Sábado, 17 de agosto de 2019

¿Hay algo que funcione en nuestro país? (II)

Hace tres años aproximadamente escribí en este mismo diario un artículo titulado “¿Hay algo que funcione en este país?” En él hacía un somero análisis de todas las instituciones y servicios públicos más importantes en la vida de cualquier ciudadano y después de ese repaso concluía que no había ninguna función del sistema público que tuviera un nivel mínimo de digna actuación como servicio: ni los distintos niveles de educación, ni la Sanidad ( durante pasados años verdadera “joya de la Corona”), ni el empleo, ni las pensiones, ni las prestaciones sociales, ni la cultura, ni el funcionamiento de las grandes empresas ( (anteriormente públicas), eléctricas, telefónicas, energéticas, ni los trasportes, etc., etc.

¿Qué ha ocurrido durante estos tres años? Que seguimos descendiendo la cuesta que conduce al abismo de un país que (salvo algunas excepciones) no funciona. Pues un país no es los cuatro índices de macroeconomía que se pregonan, ni el porcentaje de turistas que nos visitan, ni el pequeño porcentaje de superricos que se han enriquecido más durante los años de crisis: el país lo componen sobre todo el 90% de la población que sufre las numerosas anomalías y que se benefician de los contados logros o riquezas.

¡Ojalá no fuéramos pesimistas! Pero tampoco podemos querer ser, ni hacernos, los tontos: negar lo obvio, negar aquellas cifras y datos que día a día llegan a las pantallas o a las páginas de algunos honestos periódicos. Citemos solo algunos índices o datos de la actualidad de los últimos meses: Hace unos días leí en un periódico universitario que el índice de comprensión lectora de los españoles ( uno de los criterios que evalúan el nivel general educativo de la población) estaba por debajo de la media de los países de la OCDE y muy por debajo de la media de la UE. También leí que el índice de fracaso escolar en España sigue siendo el más alto de toda la UE. Y que la totalidad de las universidades españolas siguen estando en los niveles bajos en el ranking de universidades de todo el mundo.

O cambiando de tema: que durante este año la sanidad pública española ha disminuido en cerca de 60.000 profesionales sanitarios. O que la hucha de las pensiones se está agotando de tal modo, que el futuro de todos los pensionistas es muy incierto. O que cada vez hay más miles de personas con empleo, pero con unos salarios tan bajos que se sitúan o en el límite, o dentro del nivel de pobreza. O que las reservas de agua de los pantanos están llegando a límites muy inquietantes, por la excepcional sequía que padecemos. O que el aire de nuestras ciudades produce enfermedades y muertes prematuras, cada vez en aumento. O que la obesidad de la población va en aumento. O que somos los primeros consumidores de psicofármacos de toda la UE. O que los españoles hablamos sobre los políticos ( que no sobre Política) como uno de los temas más preocupantes de nuestra vida pública.

Ante esta incapacidad de que los asuntos públicos se resuelvan o no vayan a peor ( en unos días veremos cómo el problema catalán está igual o peor que estaba el pasado 1 de octubre), parece que no nos queda otra salida que ir a visitar a nuestro vecinos portugueses y pedirles con humildad que nos den lecciones de cómo salir del atolladero en el que estamos inmovilizados.