Jueves, 20 de junio de 2019

20 años sin Ana Orantes

Han pasado veinte años y me gusta que este nombre abra los telediarios, suene en la radio… ella, ella que decía que su marido la acusaba de que no sabía hablar. Ella que habló por todas y nos situó en el centro de la desdicha, en el punto de mira de la tragedia. Ella que murió quemada viva para iluminarnos a nosotros, a una sociedad que dejaba la violencia hacia las mujeres en el ámbito de lo doméstico, en ese sacrosanto lugar donde no entra nadie, en la alcoba de la tortura, en el espacio de la intimidad.

Hace 20 años de Ana Orantes. De aquel juez que la condenó a vivir con su asesino hasta que su asesino la mató con tanta crudeza que no pudimos mirar hacia otro lado. Las llamas nos deslumbraron, la verdad se impuso. Ángeles Pérez López, mi hermana poeta, escribió el más crudo de los suyos. Una pieza dolorosa de pura belleza para hablar del martirio de Ana Orantes. Ni Juana de Arco en la hoguera, la de Ana fue la pira de la vergüenza. La vergüenza de todos.

Han pasado veinte años y su hija le escribe una carta desoladora. No ha sido su muerte en vano, pero siguen asesinando a las mujeres. Mujeres que trabajan, que viven, que sufren, que intentan seguir adelante. Mujeres asesinadas a la puerta del colegio de sus hijos, mujeres a las que el sistema no protege. Mujeres que denuncian, mujeres que nunca denunciaron, mujeres que quizás, a esa amiga o a ese vecino que todo lo oye, dejaron ver la angustia en sus ojos, el miedo en sus caras. Mujeres que no pueden salir porque el terror las aprisiona, o mujeres que salen y cometen ese error, ese desliz que les cuesta la vida, a ellas y a quienes las ayudan ¿O no, Marina? Enfrentarse al torturador no sale barato, la víctima de repente se convierte en acusada. Te violan y encima, la opinión pública debate si disfrutaste de la brutalidad, como si fuera otra lapidación en directo. Como si tuvieras que esconderte porque estás marcada. Marcada.

Hace veinte años y frivolizamos con el tema de los micromachismos, los insultos a las feministas, las hipérboles estúpidas. Frivolizamos. Aprendemos a tener miedo y a no ir por la sombra. Aconsejamos prudencia y silencio. Somos cautas. Y hasta la hija de Ana Orantes recuerda que tras su madre llegaron otras, las otras, las que ahora contamos en un rosario de gotas de sangre. Pero quiero pensar que se escribió ese poema, quiero pensar que se hizo una ley, quiero pensar que conocemos el problema. Quiero pensar que esta mujer hizo historia, ella, la que nada sabía y lo sabía todo. La que nos hizo ver. La que ahora recordamos con reverencia. Ana Orantes. Hace veinte años. Y veinte años no son nada en la historia de la infamia. Nada.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.