La otra Navidad

La fotografía que ilustra este comentario también fue tomada en Navidad. Las personas que aparecen en ella podrían ser de cualquier ciudad española. Sus rasgos físicos no se diferencian de los nuestros, y su vestimenta es como la que usaríamos cualquiera de nosotros para andar por el campo. La diferencia es que ellos no están de paseo. Tampoco se ven calles iluminadas, escaparates repletos de tentadoras ofertas ni altavoces entonando alegres villancicos. Está claro que sus semblantes no denotan alegría. A pesar de todo, como Ud. y como yo, ellos también son cristianos y se acuerdan de sus anteriores nochebuenas. Crecieron en el seno de familias creyentes y aprendieron lo que es la solidaridad y el amor al prójimo. Sin saber muy bien lo que está pasando, sin haber infringido ninguna ley, sin oponerse violentamente a ningún régimen político ni religioso, de la noche a la mañana, se encuentran rechazados, perseguidos y abandonados. Para salvar sus vidas, deben abandonar sus hogares con lo puesto. Su éxodo está resultando casi eterno. Todo el mundo se encoge de hombros y mira para otro lado.

Los responsables de mover los hilos de la política internacional, empujados más por el clamor que producen los miles de muertos en el mar y en los campos de refugiados que por su propia iniciativa, “cubren la papeleta” con reuniones de las Naciones Unidas o del Parlamento Europeo en las que, si algo queda claro, no son precisamente sus decididas resoluciones para intentar remediar este grave problema. Los representantes de las naciones levantan su mano a la hora de votar, pero la esconden rápidamente a la hora de poner en práctica lo prometido. Con mayor o menor descaro, los países se desentienden de sus obligaciones con disculpas vergonzantes y nadie se preocupa de comprobar quién sigue en deuda con la sociedad, porque aquí nadie tiene remordimientos de conciencia. La exclusiva de la solidaridad no radica ni en progresistas ni en conservadores, es la seña de identidad de los bien nacidos.

Cuando los políticos se resisten a emplear fondos en temas sociales de innegable necesidad, es inevitable acordarse de las partidas que se destinan a cosas tan superfluas como los intérpretes del Senado, salarios estratosféricos de cargos autonómicos y de organismos oficiales, aeropuertos sin estrenar o universidades sin alumnos. Y no hablemos más –que ya huele- de los miles de millones que han desaparecido por el sumidero de la corrupción. Así se han echado a perder no pocos remedios de muchos necesitados. Todos los gobiernos, también el de España, pueden y deben hacer más por los miles de refugiados que malviven hacinados en campos que más recuerdan a pasados tiempos del nazismo. En más de una ocasión, las naciones europeas se han comprometido a acoger –con todas sus consecuencias- a un determinado número de refugiados, y las fronterizas, como España, Italia o Turquía, escudándose en los que llegan de forma ilegal-que no son pocas-; las del interior porque su elevado nivel de vida ha atraído ya a numerosos inmigrantes; y otras, sencillamente, sin decirlo con todas las letras, por no hacer ascos a la xenofobia, siempre encuentran disculpas para no tomarse el problema en serio.

Si no resulta difícil ablandar el corazón de las personas ante la desgracia ajena, cuando el aludido es un político, suele preocuparle más la repercusión de sus decisiones –el qué dirán- que el problema en sí. No es el primero que manifiesta la existencia de necesidades internas susceptibles de ayuda prioritaria. Si todo el mundo pensara lo mismo, pobres refugiados “que no son de nadie”. ¿Están condenados de antemano?

Afortunadamente, en España todavía queda mucha gente de buen corazón que particularmente, o a través de ONG,s –Cáritas, Manos Unidas, Mensajeros de la Paz, Bancos de Alimentos, etc.-  se ocupan diariamente de miles de personas que carecen de lo indispensable pata subsistir. Tanto valor tiene lo que se entrega en esos centros de ayuda como la labor del personal voluntario que emplea su tiempo libre en hacer más feliz la vida de los demás. Si durante todo el año se debe pensar en los pobres, enfermos y necesitados, con más motivo en estos días navideños que tanto nos gusta pasar en familia, debemos pensar que el Niño Jesús también viene para ellos, aunque no tengan esa familia. Hagamos todos un esfuerzo, que, gracias a Dios, nuestra situación suele ser mucho mejor que la suya y, después de hacer el bien, dormiremos mucho mejor. Hagamos de la de este año la Navidad de la solidaridad. Antes estaba de moda el slogan sienta un pobre a tu mesa, hoy podíamos decirnos todos: Haz más feliz la Navidad de un desamparado.