Antes

El sentido de la vida es diacrónico. Lo que acontece tiene mucho que ver con la sedimentación durante el tiempo de experiencias y de saberes. La evolución de un hecho contiene siempre su futuro sin que ello suponga un determinismo absoluto. Existe siempre la conciencia de que el pasado es un resorte que engarza inexorablemente con el presente. Preludios obcecados con pocas probabilidades de enmienda. Universos añejos enmarañados en los que historiadores profesionales se alzan como demiurgos imprescindibles confrontándose con legiones de manipuladores que desean torcer el relato, construir la leyenda, o erigir el mito.

Las trayectorias de los seres humanos, sujetas a su pequeña historia individual, no son ajenas a su componente diacrónico, pero su significado adquiere connotaciones peculiares porque el pasado queda acotado por la cortedad de la propia existencia y la a veces escasa confiabilidad de la memoria. Es por ello que cuanto la gente inicia una frase con el adverbio “antes” me echo a temblar. La imprecisión de la referencia me desconcierta y, lo que es peor, al cobrar un rotundo carácter fehaciente de que lo sigue a continuación sucedía (o no) imponderablemente, su uso configura una expresión que resulta muy difícil de rebatir.

Por otra parte, y es lo que me parece más fascinante, da a la frase un componente misterioso. Cuando era pequeño la frase “antes de la guerra” la escuchaba de manera muy habitual. Enmarcaba un momento de inflexión que separaba el tiempo anterior del que entonces se vivía y poco importaba que hubieran pasado ya más de veinte años. Cuando pienso en la actualidad me resulta raro encontrar similar parangón. ¿Cuál es el antes que define el tiempo definitivamente periclitado que se separa del que vivimos ahora? ¿La transición? ¿La crisis? No lo creo.

Las madres, que son las depositarias de los legados de los afectos, suelen decir a sus hijos en un determinado momento de sus vidas: “ya no eres como antes”, con el consiguiente desconcierto de aquellos, que no caen en qué parte de su comportamiento son diferentes ni cuánto es el nivel del cambio sufrido ni, menos aún, cuándo es el momento preciso de referencia. Algo similar ocurre entre los amantes: “no me quieres como antes”. Un lugar común que se sitúa entre la denuncia del comienzo del ocaso de la relación o la soflama mimosa que demanda más atención. A diferencia de los hijos, quien escucha este reproche es posible que sepa reconocer la causa de la advertencia.

La diacronía de la vida requiere de calendarios, de artilugios burocráticos en los que fijar con chinchetas los acontecimientos, pero hay una sempiterna incoherencia en la forma en que unos y otros los marcamos. Frente a la historia oficial están siempre las historias particulares en las que el valor del antes se relativiza o incluso se confunde. El resultado a veces llega a ser dramático, como cuando mi amiga dijo a su pareja: “antes de conocerte mi vida no tenía sentido”, recibiendo por respuesta: “antes las cosas eran distintas”.