Viernes, 19 de octubre de 2018

El monopolio del ruido

Está visto: los adultos quieren monopolizar el ruido. Así lo demuestran las tres denuncias de vecinos, los expedientes sancionadores y la imposición de dos multas de 12.001 euros a los colegios Félix Revello de Toro y Lex Flavia de Málaga por el exceso de decibelios en sus patios fuera del horario escolar. El gran enemigo, por lo visto, el baloncesto, esos balones que al golpear con el suelo generan epicentros sísmicos que alteran el bienestar de los malagueños, la paz de los hogares, la salud de los mayores.

Qué jodido es ser un niño en estos días, un regalo de los padres que no se puede arañar ni rozar, un diamante en bruto que debe ser pulido en infinidad de academias para que pueda ser seleccionado en la feria de joyas en la que se expondrán el día de mañana con el nombre de “mercado laboral”. En su carrera hacia el éxito, puede que la simple supervivencia, han perdido el derecho a la procrastinación, a la imaginación (competencia de los guionistas de los videojuegos y series de éxito) y a la equivocación (todo error es susceptible de ser subsanado por los padres). Y ahora también al ruido, monopolio de los adultos.

Porque no digo que sea objeto de la normativa medioambiental legislar en contra de las mentiras, juegos retóricos, medias verdades, rumores inventados que producen unos y otros cuando actúan en sociedad o aspiran a ganar un voto, un puesto o un favor. Ni que el Ayuntamiento de Málaga pueda hacer mucho por eliminar los comentarios soeces, la mala educación y el escaso vocabulario con el que se comunican los adultos en foros tan dispares como la salida del colegio, las salas de reuniones o los platós de televisión. Pero algo habrá que hacer con esos bisbiseos y susurros que no llegan al yunque o al martillo, pero sí, en cambio, acidifican el estómago y provocan náuseas. Incluso con los silencios que asienten y consienten ante la canallada, las expresiones de odio y la injusticia explícita que no admite debate.

Eso o admitir que en esta sociedad tan imperfecta el ruido físico, el de los balones golpeando el suelo y generando eco contra las paredes de los edificios, es el menor de los problemas. Ello salvo que consideremos un agravante que el niño pueda descubrirse a sí mismo, tomar conciencia de su entidad física y de su capacidad de movimiento botando una pelota, salvo que estimemos que es un mal que pueda insertarse en un grupo, colaborar en la consecución de objetivos comunes o adquirir nociones intuitivas de lo está bien y mal al margen de la doctrina oficial, la que se imparte durante el horario escolar, las seis horas de internamiento forzoso, con tres complementarias de deberes, en las que es posible hacer ruido; en las que el vecindario acepta el precio de seguir formando súbditos que el día de mañana heredarán la sana costumbre, la de toda la vida, de monopolizar el ruido a costa de la felicidad de los niños.