Domingo, 15 de diciembre de 2019

Espera, sé valiente

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“Yahvé es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?...

    Espero gozar de la dicha del Señor

    en el país de la vida.

     Espera en el Señor, sé valiente,

    ten ánimo, espera en el Señor”  (Sal 27 (26)).

Insistimos que los medios de comunicación: radio, tele, internet, periódicos, nos presentan difícil el panorama de cada día. El crimen, los robos, los fraudes nos hacen ver todo negro y sin esperanza de solución. Se respira un ambiente de desesperación y angustia, se vive sin ilusión y esperanza. Con esta situación pensamos que no nos podemos  pueda fiar de nada ni de nadie y, por consiguiente, ¿qué esperar? ¿en quién confiar y esperar?

 Mucha gente no vive, agoniza. Los que  arrastran la existencia anegados entre temores y ansiedades no viven, su existencia es una  agonía. En estos momentos, en situaciones de agobio y desesperación es bueno poner los ojos en Dios y aceptar la invitación de Jesús de ir a él, nosotros, los cansados y agobiados, pues él nos aliviará. El salmo 61 es un buen salmo para la esperanza: “Sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación; sólo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar, no vacilaré... pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón, que Dios es nuestro refugio”.

Con los ojos puestos en Jesús, con la confianza puesta en el Señor, todo se puede afrontar: dolor, soledad, enfermedad, muerte…Es entonces cuando hay que esperar en el Señor, ser valiente y tener ánimo, pues Dios camina con nosotros y está de nuestra parte.

El Salmo habla de confianza y esperanza, confianza y esperanza se dan la mano en nuestro caminar. La confianza se refiere al presente; la esperanza, al futuro. El salmo 26 nos invita a confiar a no tener miedo, pues Él está con nosotros.   Estas mismas palabras las escucharon y liberaron del miedo a Moisés, Josué, Gedeón, Samuel, David, y todos los profetas, en los momentos decisivos, al sentirse débiles y frágiles. Josué, sintiéndose indeciso para  cruzar el río Jordán, frontera de la futura patria, el Señor le infundió aliento y esperanza. El miedo paraliza,  crea fácilmente fantasmas y destruye toda iniciativa. El miedo es el mayor enemigo que se puede tener. Quitado el miedo y sus manifestaciones, todos los enemigos desaparecen.

Esta misma certeza la tuvo san Pablo y proclamaba cuando proclamaba que si Dios está  con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?... ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Si el Señor es mi fuerza y mi salvación, el miedo desaparece  porque la soledad ha quedado  poblada por Dios. Ni la vida, ni la muerte, ni la mentira, ni la calumnia podrán causarme el más  pequeño daño, ya que el ser humano es hijo de Dios.