Domingo, 25 de agosto de 2019

No amemos de palabra sino con obras

“Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios.” (n. 5).

Francisco, Jornada Mundial de los Pobres.

Francisco insiste en volver a Jesús, lo más genuino del ser cristiano, volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio. De ahí la necesidad de que la Iglesia salga desde sus refugios y mire la realidad desde las periferias existenciales y opte por los pobres y contra la pobreza. En Misericordia et misera, al finalizar el “Jubileo de la Misericordia”, Francisco recordaba que la misericordia debe ser el primado de todo, es la que reviste de caridad, y con la que se puede mirar más allá y vivir conforme al amor. Recordaba que hay poblaciones enteras que sufren el hambre y la sed: niños que no tienen que comer; niños y niñas que sufren violencia, que les roban la alegría de la vida, rostros tristes y desorientados, esclavizados por el mundo moderno; inmigrantes que buscan alimento, casa y paz; nuevas formas de pobreza y marginación; personas que sufren en la cárcel.

El individualismo, enquistado en nuestras sociedades, provoca que se pierda el sentido de la solidaridad y de la responsabilidad. Para para recuperar ese sentido, Francisco propone las obras de misericordia, dejar paso a la fantasía del amor, que broten iniciativas y obras nuevas fruto de la gracia. Las obras de misericordia tocan todos los aspectos de la vida de la persona, cuerpo y espíritu, no hay excusas para la falta de compromiso, ni adormecerse en la indiferencia. Se puede hacer una revolución cultural con simples gestos de misericordia.

Comentábamos hace unas semanas, que el “hambre aumenta por primera vez en casi 15 años” (El País/FAO), a pesar de los compromisos adquiridos en los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas, estos no se han conseguido. La apuesta visionaria de erradicar el hambre y la desnutrición en el 2030, parece que se desvanecen en el horizonte de la esperanza. La FAO denunciaba que el 11% de la población mundial padece hambre. Esto significa que 815 millones de personas no han tenido acceso a una alimentación adecuada en 2016, unos 38 millones más que el año anterior.

Ser pobre no sólo es la falta de ingresos, es mucho más. La pobreza supone una menor esperanza de vida, una mayor tasa de mortalidad infantil, falta de acceso a un trabajo digno, acceso a la educación, carecer de una vivienda adecuada.  También, significa una mayor vulnerabilidad al delito y la violencia, acceso inadecuado a la justicia y los tribunales, así como la exclusión del proceso político y de la vida de la comunidad. Uno de cada cinco habitantes del mundo vive en una situación de pobreza, cerca de 1200 millones de pobres viven con menos de 1,25 dólares al día. Esta pobreza tiene mucho que ver con la justicia global, donde no estamos libres los países más desarrollados, sabiendo que pobreza extrema vuelve a las personas vulnerables y frágiles, además de ser una violación de los derechos humanos.

Francisco insiste mucho en la cultura del descarte, donde las víctimas son precisamente las personas más débiles, más frágiles. Esta cultura tiende a convertirse en una mentalidad común, extendiéndose en nuestras sociedades y contagiando a todos. La persona no es el valor primero, sobre todo si en pobre. El exceso de consumo nos está acostumbrando a lo superfluo, al derroche y al desperdicio, mientras que en otros lugares del mundo, muchas personas y familias sufren hambre y malnutrición. Con palabras duras, Francisco se escandaliza que todavía haya hambre y malnutrición en el mundo. No se trata solo de responder a las emergencias inmediatas, sino de afrontar juntos, en todos los ámbitos, un problema que interpela nuestra conciencia personal y social, para lograr una solución justa y duradera.

Esa insistencia la podemos apreciar en muchos de sus discursos. En junio, Francisco enviaba un mensaje para la celebración de la PRIMERA JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES, cuyo lema es “No amemos de palabra sino con obras”. Expresión que se encuentra en la Primera carta del apóstol Juan y constituye el preámbulo del texto revela la naturaleza de Dios: Dios es amor. En el mensaje, insiste que la Iglesia no puede ser espectadora pasiva ante el drama de la pobreza, y los cristianos no pueden contentarse con una esporádica y fragmentaria participación para tranquilizar la conciencia. Es el momento de la acción, donde la palabra clave del mensaje es compartir, que deberá convertirse en un verdadero estilo de vida, para que pueda haber un verdadero encuentro con los pobres. Según las propias palabras de Francisco: Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad.

Francisco en su mensaje, pide a las diferentes Diócesis del mundo, que se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta. Podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucaristía de ese domingo. Estamos invitados, el domingo 19 de noviembre, habrá una Eucaristía a las 18:30 horas, en la Parroquia de San Martín de Tours de Salamanca.

El hambre, en nuestro mundo globalizado, es un problema terrible que podía estar resuelto, pero sigue vivo. Nos recordaba don Miguel, que “lo que mata no es la pasividad, sino la indiferencia”.  La solución pasa por nuestras manos, estamos implicados todos, desde nuestra conciencia ante tanta necesidad, debemos ser conscientes del problema y moderar nuestro consumo, buscando la felicidad no en el tener, sino en el ser. Además, exigir una mayor responsabilidad a todos los agentes democráticos, tanto nacionales como internacionales y una respuesta eficaz ante un problema tan necesario ya.  Como creyentes, debemos entender la  necesidad de responsabilidad como justicia, sabiendo que ésta hunde sus raíces en el mismo corazón de Dios.