Domingo, 25 de agosto de 2019

El problema catalán

Por mucho que guste a unos y disguste a otros, la historia es tozuda en demostrar que el “problema catalán” no tiene solución hasta que se den las condiciones adecuadas para que desaparezca, porque con parches y remiendos durante siglos solo hemos logrado “conllevarlo” -como decía Ortega y Gasset-, de la mejor forma posible, hasta que nos ha explotado en la cara de forma tan súbita como real.

Es un eterno problema que se acentúa en momentos de crisis –caldo de cultivo de los nacionalismos- y que no tendrá solución a corto plazo porque se fundamenta y fortalece en sensibilidades enfrentadas. Por un lado, el sentimiento profundo de intensidad variable percibido por un colectivo que anhela vivir soberanamente, pero de forma obligada en convivencia territorial con otra comunidad igualmente histórica que desea mantenerse integrada en una nación de orden superior con otros pueblos.

Dos tendencias sentimentales en confrontación afectiva, con dominio alternativo de cada una de ellas, en función de los tiempos y condiciones históricas, de forma que cuando una de ellas domina, la otra  permanece oculta y a la expectativa de los hechos que sucedan, siendo tan catalanes unos como otros.

Este es el doloroso drama catalán que a todos nos afecta, siendo ellos quienes sufren más intensa y directamente los hechos derivados de tal enfrentamiento, sin que puedan atribuirse responsabilidades a ninguno de ellos, porque la situación forma parte de un fatal destino, en el que nada tiene que ver la clave genética de ambos, como ha dicho un líder del actual independentismo.

Problema que afecta a otros pueblos con parecidos sentimientos como sucede en Irlanda, Bélgica, Italia, Alemania y otras naciones con sentimiento encontrados entre secesionistas e integristas, aunque las descalificaciones e insultos entre ellos no alcancen las cotas que sufren unos y otros en la Cataluña sureña, cálida y mediterránea.

Los sentimientos separatistas no cederán a presión alguna, ni aceptarán la tendencia actual de unificación política, territorial y económica en este mundo globalizado del siglo XXI, algo que les impide percibir que sus anhelos son difíciles de llevar a cabo, porque, además, los unionistas tampoco asentirán a los deseos separatistas, al tener sentimientos opuestos.     

Ambas tendencias se han mantenido con vocación dominante alternativa en el tiempo como dice la historia, desde que los representantes catalanes peregrinaban por las cancillerías europeas en el siglo XV buscando un rey sin encontrarlo, porque al anhelo de soberanía catalana de un sector de la población, se oponía la otra facción, dificultando ambas tendencias el otorgamiento.

Realidad de difícil solución en tiempo de crisis, corrupción y desempleo como el actual, porque tal situación multiplica los sentimientos de unos y otros, siendo ambos igualmente respetables, aunque en el momento actual haya soberanistas que desconozcan esta verdad.

La solución al problema catalán no está en saltarse las leyes tratando de imponer parciales voluntades a la otra mitad que las rechaza. Tampoco está en los juzgados. Ni siquiera en la reforma constitucional, el referéndum o en la aprobación de un nuevo Estatuto. La solución al problema catalán solo vendrá cuando tengamos un gran Estado democrático, próspero, económicamente fuerte, sin corrupción institucional, ni decadencia. Un Estado ilusionante, de progreso y bienestar que a todos envuelva, porque solo un país nutrido, en crecimiento y progresista, será capaz de absorber el soberanismo demandado por los secesionistas, algo que en el momento actual es imposible porque estamos muy alejados de tales condiciones, viéndonos obligados a conllevarnos de la mejor forma posible.

Urge, pues, una movilización responsable de la ciudadanía para conseguir un gran Estado al que todos queramos pertenecer, alentando un proyecto común de progreso, generosidad, justicia, paz, trabajo y solidaridad, liderado por ciudadanos elegidos en las urnas, capaces de llevar a España por la senda que todos anhelamos.