Martes, 16 de julio de 2019

Un gran mal

La Biblia habla del pecado como falta, iniquidad, rebelión, injusticia, deuda, trasgresión, traición a Dios. Hay diversas especies: pecados involuntarios, errores rituales, culpas colectivas, pecados graves. En el Génesis aparece el pecado no solo como un acto de desobediencia, sino como una actitud de suplantar a Dios para ser autosuficiente y no depender de Él. Dios quiso hacerse amigo del ser humano.

Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza para que amara y fuera feliz. Sin embargo, el ser humano fue engañado y desde entonces la persona comenzó a matar y la maldad se multiplicó. Todos somos hijos de una familia pecadora; todos estamos bajo el dominio del pecado.

Existe el pecado. Cristo habló del pecado, en repetidas ocasiones y Él se encarnó para redimir los pecados. Todo el Nuevo Testamento es un testimonio de la existencia del pecado en el mundo. Y como Jesús conocía lo débil del corazón humano, habló del amor misericordioso del Padre.

       Existe el mal. Hay males en la misma naturaleza que nada podemos hacer para arrancarlos; pero hay otros males, la inmensa mayoría, que son fruto del egoísmo humano. Unas veces el mal está en el corazón del individuo, pero otras se esconde agazapado en las entrañas de la sociedad. El pecado individual y estructural es un gran mal para la sociedad. Los dos van unidos y en determinadas ocasiones no los podemos separar.

       Hay muchas causas del pecado. Una de las posibles causas de la pérdida del sentido del pecado es la libertad. Cuesta creer hoy día que la persona pueda cometer libremente un acto pecaminoso. El concepto de Dios ha cambiado, no se admite el Dios justiciero que castiga por una falta. Es mejor un Dios amor-misericordia, que ama y que perdona.

       El pecado es el mal por excelencia que nos separa de Dios y del hermano. Junto al pecado están las infidelidades y faltas pequeñas que, sin apartarnos de los otros, debilitan nuestra fuerza moral, nuestra capacidad de superación y la decisión de seguir a Jesús.

       Del pecado nace la ceguera y ésta, a su vez, lleva al pecado. Somos ciegos y el peor ciego es el que no reconoce la ceguera. Éste era el pecado de san Agustín: “Mi pecado era tanto más incurable cuanto que no me tenía por pecador.” El ciego no es culpable, porque no puede ver y es esta misma incapacidad la que le mantiene en la esclavitud. La conversión comienza por una toma de conciencia, por recibir la luz.

Somos responsables de nuestras cegueras, al menos indirectamente, por nuestras negligencias al no acudir a los medios que transmiten luz y que están contenidos en las fuentes de la espiritualidad.

       Cristo aparece como luz que quiere disipar las tinieblas (Jn 1, 4-9). Él ha venido a dar vista a los ciegos (Lc 4, 18; 7). Convertirse y seguir a Jesús es salir progresivamente de todas nuestras formas de ceguera.

       Nuestra sociedad está sensibilizada para exigir la libertad, la justicia, que se respeten los derechos humanos. Sin embargo, vemos cómo, a pesar de la democracia, hay corrupción, el pecado social o estructural. La Conferencia Episcopal Latinoamericana ha denunciado varias veces la “situación de pecado”, “estructuras opresoras”, “violencia institucionalizada”. Juan Pablo II usa estas expresiones: “estructuras de pecado” y “mecanismos perversos”.

       Existe el pecado individual, pero existe, también una estructura de pecado. Las estructuras de pecado no brotan por generación espontánea, son consecuencia de los pecados personales. Los evangelios relacionan mutuamente ceguera del corazón y pecado del mundo. La dureza individual de corazón da como resultado una ceguera colectiva. Por el pecado la persona se solidariza con el mal. La estructura de pecado hace pecar a la persona, que a su vez mantiene la estructura de pecado.

       Por el pecado se hiere al hermano, a los distintos rostros desfigurados que son los rostros de Cristo. Todos estos rostros son producto del pecado con distintos nombres, normalmente fruto del egoísmo, de la injusticia, de la avaricia, del odio, de la idolatría, del placer. En nuestro mundo falta el respeto a los derechos fundamentales de la persona humana: vida, salud, educación, vivienda, trabajo…

       El pecado es ruptura con Dios y con el hermano y engendra injusticia y violencia. La sociedad de consumo tiene como objetivos tener, aparentar y el goce inmediato. Como resultado de esta ideología o forma de enfocar la vida surge la idolatría, el individualismo y el desencanto.

Los efectos del pecado son enormes. El pecado nos desorienta, nos hiere en el alma, nos hace perder las fuerzas, las ganas de vivir, arranca el alma y permite que reine la muerte donde quiera. El pecado pervierte, destruye y mata (Ez 18, 4). El pecado es negación de la vida, por eso el pecador, cada vez que peca, muere un poquito.

El pecado siempre nos ata, nos esclaviza, nos quita la vida.Jesús venció el pecado y Él puede ayudarnos a superar toda clase de adicciones, dependencias, codependencias y apegos.