Viernes, 15 de noviembre de 2019

Se llama Yoanna

Y su hijo Johannser.

No quería saber su nombre pero era tan fuerte su historia que no me pude contener. Tras el almuerzo, con el sol vertical del Caribe que deja desiertas las calles de polvo, me acerqué al dispensario buscando saber de ella. Quería ayudar. Amortiguar su vida y mi conciencia. No estaba Karla, la voluntaria colombiana que se ocupa de las adolescentes embarazadas y las que acaban de ser mamás. En información me dijeron que la niña sordomuda de 14 años que había sido violada por su padrastro, se llamaba Yoanna. Y que su bebé de dos meses… “espérese un momentito que lo busco en la lista, mi amor”. Espero. Sonrío. Pienso en qué coño estoy haciendo allí. Johansser dice aquí que se llama el bebé”. Me despido y busco la sombra para sacar mi libreta y escribir sus nombres antes de que se me olviden a sabiendas de que jamás se me olvidarán: Yoanna Carmona. Johannsen Carmona.

Cambios en la planificación. Decidimos que vamos a ampliar la secuencia de las madres adolescentes. Quedamos dentro de dos días para reunirlas a todas y recrear una de las sesiones formativas que reciben cada dos semanas en la capital. Lo haremos en el comedor de la escuela Villa David. Estarán sor Carmen y Karla, la voluntaria colombiana.

Grabamos playas, niñas huérfanas y ancianos sin familia. Yoanna y Johannsen no se me van de la cabeza. Empiezan a ocupar espacio en el corazón. Llega el día. El calor es insoportable. Ni siquiera los ventiladores del techo impiden que dejemos de sudar. La humedad es increíble.  Llegan las niñas embarazadas. Llegan las madres adolescentes con sus bebés. Allí está Yoanna. Me sonríe. Nos damos la mano. Acaricio a Johannsen. Me vuelve a sonreír con ojos muy tristes.

Le pido a Karla que me cuente la historia completa, que se me ha metido dentro y no hay forma de poderla sacar. Que tengo demasiadas preguntas sin respuesta y que con ella no me puedo comunicar. Y a medida que va explicándome la situación, voy encajando las piezas.

Yoanna era hija única, pero su padre se fue con otra mujer cuando ella cumplió los cinco años. Algo muy habitual. Ahora vive con su nueva pareja y tiene un niño.

La pequeña se quedó con su madre que, a su vez, comenzó a convivir con el que se convertiría en su padrastro sin serlo. Y en su abusador y violador en ausencia de la madre. Yoanna le contó con señas a su madre lo que estaba pasando, pero ella no la creyó. Y decidió irse a casa de su padre para explicarle a él, como buenamente pudo, lo que le hacía el novio de su madre. Ahí fue cuando la madre rompe definitivamente cualquier relación con ella y la acusa de querer arruinarle la vida. Acaba repudiando a su propia hija y poniéndose del lado del señor que la abusaba, la violaba y la dejó embarazada.

El padre de Yoanna denuncia al delincuente. Le juzgan. Le condenan a prisión y le ponen una orden de alejamiento. Sigue en la cárcel.

Hoy Yoanna vive en casa de su padre, pero casi siempre está sola o con su tío. Ni su padre, ni la mujer de su padre, se ocupan de ella. Tiene 14 años. Es sordomuda. Tiene un bebé de dos meses.

Karla y sor Carmen están preocupadas por Johannser. Tiene muchos cólicos y se le hincha la barriguita. Las últimas pruebas han descartado que sea algo más grave. Parece que Yoanna no le da bien el pecho y que el bebé llora de hambre. Karla me cuenta que su marido le ha dado una idea para salvar al pequeño y a su madre adolescente. Se van a poner en contacto inmediatamente con una escuela de audición y lenguaje. Quieren saber si con un intérprete experto en lengua de signos pueden mejorar la comunicación con Yoanna.

Seguimos grabando. Entrevisto a Keyla y a Lorena. Otras dos mamás adolescentes. Me cuentan que van a seguir estudiando, que quieren ir a la universidad. Que la ayuda de las hermanas y de Karla ha sido un regalo inesperado. Que cuando miran hacia atrás se alegran de haber seguido hacia adelante. Que sus vidas sin haber dado a luz estas vidas, no hubieran sido las mismas vidas. Y se ríen sin parar. Todas. También Yoanna con sus ojos tristes. Y compartimos el zumo y el bizcocho de la merienda antes de llevárnoslas grabadas a España para contar sus esperanzas, sus experiencias, que otro mundo es posible. Y necesario.