Las democracias autoritarias

¿Es lícito torturar a efectos de obtener una información de vital importancia? ¿Una información que puede salvar vidas inocentes? Estoy seguro, muchos lectores opinarán afirmativamente.

Se dirán: ¿qué vale más, la integridad física y moral menoscabada o la vida de esas personas? He puesto un ejemplo límite, diría teórico. Un ejemplo de los que se plantean en los seminarios de Derecho penal.

Opino que no. Aún más, tal conducta, torturar para evitar un mal mayor, es antijurídica. La pregunta esconde una falacia inasumible: se da por sentado que el sujeto posee tal información. ¿Y si ese sujeto no la poseyera o no fuera suficiente? ¿Acaso se puede leer la mente de las personas? ¿Una sospecha, por fundada que parezca, legitima acaso la comisión de un delito tan execrable como la tortura?

Recuerdo, con enorme placer, estas discusiones académicas y cierta opinión vertida por su director y mi maestro, Ignacio Berdugo: “la democracia debe asumir el riesgo de equivocarse”.

Así es. No deseo, ni me parece útil, justificar tal decisión desde algún “imperativo moral” colgado en el firmamento. Sí desde el propuesto, el conquistado en las barricadas sociales, de la cultura e intelectuales: la democracia no admite que el fin, por ético que sea, justifique el empleo de ilegítimos medios para su consecución.

En tal principio reside la grandeza de la democracia, asimismo su vulnerabilidad. Hasta el día de hoy, sin la menor duda, la democracia es el mejor marco posible de convivencia. En una democracia efectiva la soberanía reside en el pueblo. Un pueblo que delega y confiere autoridad a algunos de entre ellos. Supremo honor, suprema responsabilidad. En una democracia efectiva los que gobiernan lo hacen sin hacer distingos entre sus ciudadanos.

Asimismo, la justicia es independiente y las leyes que se promulgan buscan procurar el bienestar social, la libertad individual y la seguridad ciudadana. Por ese orden. Las contiendas sociales se dirimen consensuando y no imponiendo.

En fin, en una democracia efectiva también se reconoce y se aplica el derecho de asilo ¿Esa democracia antes descrita se corresponde con la democracia hoy ejercida en la Unión Europea y en España? De momento, tan solo se asemeja, el enfermo puede empeorar. Las instituciones europeas responden a los intereses de determinadas élites económicas o de algún Estado en detrimento de los intereses nacionales periféricos. En España, por desgracia, sucede algo parecido ¿Qué decir de sus gobernantes?

El utilizar sus cargos para lucrarse supone una agresión difícil de soportar. Judicializar la política, poner las instituciones del Estado o de la Comunidad Autónoma al servicio de un partido, interferir en la administración de la justicia, apropiarse de algunos medios de comunicación públicos y, lo peor, representar y defender intereses no electos, ajenos, primándolos sobre los propios, supone un vaciamiento de los genuinos valores democráticos.

Si estas reflexiones son ciertas, me temo lo sean, indican que algo muy grave está sucediendo. La cuestión catalana no deja de ser un síntoma de esta aguda crisis política, social y económica que vive el país y, por extensión, la UE. Lo sucedido el 1-O en Cataluña, la intervención desproporcionada de las fuerzas del orden y las cínicas justificaciones proporcionadas por el Ministerio del Interior, el aplauso, el “a por ellos”, alentados desde los medios y compartido por gran parte de la opinión pública española arrojan más sombras acerca de nuestra salud democrática.

Pareciera que ambos contendientes han hecho dejación del consenso y se decantan por el enfrentamiento. Veremos qué sucede. La imparable concentración, en todo el Occidente, de la riqueza y el progresivo deterioro del poder adquisitivo de las clases medias y trabajadoras, apuntan, como decía L. Ferrajoli, a la aparición de “democracias autoritarias”.

En otros términos, la imposición de tal sistema (darwiniano) exige para su mantenimiento la aplicación rigurosa del dicho: “el fin justifica el empleo de cualquier medio”. ¡Malísimas noticias!