Sábado, 21 de septiembre de 2019

El  macho de perdiz

Pueblo de El Cerro

Era tiempos de privilegio en la caza, de cuando las especies cinegéticas abundaban por doquier y cuando sólo un número limitado de cazadores la practicaba, si se compara con la situación actual. A mi padre, médico de El Cerro, maravilloso pueblecito de la provincia salmantina colindante con la provincia de Cáceres, le gustaba practicarla en la modalidad de reclamo, gustando al mismo tiempo de los fantásticos paisajes colindantes. Recuerdo que en nuestra casa había siempre una perdiz macho y una perdiz hembra para cubrir las necesidad de esta especialidad deportiva.

Yo, a mis pocos años de edad, era el “porteador” de aquella jaula donde iba la perdiz y que había sido previamente enfundada antes de ser adosada a mi espalda con unas correas. Cuántas veces sentí los saltos que dentro de la jaula daba el bello animal, cuando nos desplazábamos por aquellos caminos de herradura en busca del “puesto” de caza que hacíamos previamente con un podón de muy afilado para cortar las ramas.

Recuerdo sobremanera aquel día en que regresábamos de una jornada de caza y subíamos por las empinadas laderas de “Hornacinos”, flanqueadas de canchales, monte bajo y helechos ya anochecido. Mi padre abría marcha y yo le seguía lo más cerca posible, ya que los ruidos del monte me sobrecogían pues a la memoria me venían  los relatos de lobos hambrientos contadas por los más viejos del pueblo… Por ello, el susto fue terrible cuando mi padre dio un grito doloroso y exclamaba en el silencio: ¡ha sido un alacrán!... bichos que abundaban en aquellos parajes; y se quitaba la zapatilla (de aquellas de lona blanca y suelo de lona negra) agarrándose su pie izquierdo, pues sentía un dolor insoportable. No obstante no perdió la tranquilidad, sabedor de que el pueblo estaba cerca y como médico, podía tomar las medidas pertinentes contra el veneno. Para poder apoyarse en mí, me quitó de la espalda la jaula enfundada y la dejó a la orilla del sendero entre las escobas, reanudamos la marcha y casi a “la pata coja” llegamos hasta el pueblo.

Gracias a Dios, el daño del escorpión con su veneno pudo ser evitado y pasó el peligro. Pero ahora, me preocupaba intensamente el macho de perdiz que habíamos dejado “abandonado” en el lindero del sendero. Al amanecer, y de la mano protectora del “tío” Ignacio, un buen amigo, fuimos a buscarlo. Yo iba lleno de incertidumbre y desasosiego hasta que por fin, desde la distancia, vi la jaula, corrí desesperadamente y estoy seguro que ¡me abracé a ella!...

Hoy, desde la distancia de los años, pero con el recuerdo nítido, pienso que la alegría del macho de perdiz fue reciproca al verme a mí, ya que cuando  le quitamos la funda a la jaula el pobre animal daba saltos de alegría  y picaba mis manos sin hacerme daño, en demostración de que también me había echado de menos…

Epílogo: “Estos son recuerdos que se acrecientan, más y más, con el paso del tiempo. Que en mi caso este “hilo de la cometa” que solté hace tantos años, cuando fui niño y correteaba por las calles intrincadas y empedradas calles de El Cerro y sus campos de silencios infinitos… se están acabando inexorablemente” Esto ya lo he dicho, escrito y narrado en imágenes de Televisión y lo repito ahora en Digital y es…

“Que lo que más me gustaría ahora; sería el estar ahora y otra vez más, en “Las Navas” a la vera del Valle de Hornacinos, junto a mi padre, en la tierra de algarrobas donde cazábamos las perdices y la luna llena al amanecer se veía pequeña…¡Tenía 8 años de edad… han pasado de ello 75… ¡

Hoy cuando alguien me pregunta ¿Por qué quieres tanto a El Cerro?... siempre respondo.  Primero: Porque lo quería mí padre. Y luego añado: Porque en él pasé los momentos más felices de la niñez.

Hasta el próximo domingo. ¡Si Dios quiere!