Martes, 23 de julio de 2019

Belleza y tiempo (diálogo entre palabra e imagen)

Hay en Fermín Herrero una estética de la proximidad que nos engaña (Sin ir más lejos, se titula su última y muy hermosa obra poética, galardonada con el Premio de la Crítica). Porque no se queda en cercanía alguna, sino que parte de ella, para ahondar en el misterio del ser y del mundo. Y, en ese ahondamiento, nos lleva muy lejos, muy allá.

Y lo hace a partir de una palabra luminosa que se sirve –como él mismo nos dice– de “una mirada transparente, esclarecida”, que espera y busca granar, esto es, revelarnos lo esencial, recorriendo los registros de la nostalgia, de la melancolía, de la celebración siempre, en busca del “enaltecimiento de las hermosuras” de lo contemplado.

Hay siempre, en la palabra poética de Fermín Herrero –pese a que el poeta pretenda engañarnos siempre, quitando cualquier solemnidad a lo que dice– una ritualidad en el decir, que siempre es íntima y, en el fondo, compartida con el receptor, con el lector.

“El rito –nos dice– es una falsedad, sólo / preferible al desorden”. Porque él nos propone otro rito, el de una “palabra que niega, la que pueda allanarte.” Y, a través de ese otro modo de ritualidad, la de la palabra que niega, la del decir a ras de tierra, el poeta busca la granazón.

Y el mundo se va constelando. La tierra oscura, las tierras altas sorianas, las tierras de San Pedro (Manrique) del norte de Soria –pero, en definitiva, el universo de todos– nos van articulando sus signos, a través de la palabra del poeta, para alumbrar sentidos.

El invierno, el otoño los surcos, el Duero, el otoño, la tarde, el pueblo y la memoria que de él se guarda, la sierra, la aspereza del adobe, la casa, la mujer, la nevada, las piedras hincadas del castro, el pastor, el puente, el embarcadero, el rebollo, la encina, la “torre tan perdida y solitaria”…

Hay en todas estas palabras, en todas estas sílabas, en esta música del mundo a ras de tierra, que el poeta hace vibrar, una maravillosa granazón de sentidos, de sugerencias. Es esa tierra oscura un universo de luz con el tiempo dentro, como indicara Juan Ramón Jiménez.

Y ese milagro ocurre porque –en el decir poético de Fermín Herrero– “La atención purifica la mirada, aloja / al pensamiento, lo libera de sombras”. Es el milagro de la palabra poética.

Decimos todo esto –y otras muchas cosas que podríamos indicar y que nos callamos– mientras contemplamos y vamos hojeando ese hermoso libro titulado Por la tierra oscura. Belleza y tiempo (Diputación de Soria, 2017), en el que dialogan las fotografías –esenciales, misteriosas, atentas, llenas de vibración– de Alejandro Plaza y la palabra de Fermín Herrero, esta última, como el mismo poeta indica, articulada en moldes “de cuatro versos, al modo de los jué jù, estrofa muy apreciada durante la fecunda dinastía china Tang”.

Arte del espacio, la fotografía; arte del tiempo, palabra esencial en el tiempo (según el proverbial dictum machadiano, como el propio Fermín Herrero indica), la poética.

Pero, sobre todo, estamos ante un diálogo, muy cultivado en la contemporaneidad, entre palabra e imagen, marcado por una belleza sobria, esencial, sugestiva y vibrante, que trata de invocar la duración, la pervivencia, a través de una memoria, de un mundo, el de la tierra oscura, el de las tierras altas, el de las tierras de San Pedro, que, pese a parecernos particular, está marcado por una universalidad arquetípica que nos atañe a todos.

José Luis Puerto