Sábado, 24 de agosto de 2019

La cara B del Cari-be

Llevo dos semanas en República Dominicana y no he estado en Punta Cana. Ni en Puerto Plata. Ni en esas maravillosas y paradisíacas playas tropicales de fina arena blanca y aguas transparentes. Que seguro que existen, pero lo más cerca que he estado de ellas ha sido ayer, en un céntrico y turístico restaurante de la capital. Allí no dejaban de proyectar en una inmensa pantalla el Caribe de bachata y ron que nos han inoculado. Cada plano me resultaba más artificial que el anterior. No se veía ni un mosquito de esos que te abrasan tobillos, rodillas, codos y nudillos; como los que ahora mismo, mientras escribo, se pasean por la pantalla iluminada y dudan si beberse el repelente con el que me he vuelto a embadurnar o pasar directamente a sorberme las venas. Lo dicho, ni un bicho en los anuncios esos de los bares para guiris. Ni siquiera un papelito a la orilla del mar que yo he visto repleta de botellas de plástico y tetrabricks, de condones y colillas. Ni rastro de niños abandonados, de adolescentes embarazadas, de mujeres ofreciéndote su cuerpo a cambio de unos pesos. Nada. Sólo modelos perfectas cimbreándose al ritmo de la brisa que a mí me ha esquivado. Porque, desde que puse el pie en la isla, no he dejado de sudar. La humedad me ha mantenido empapado antes y después de todas y cada una de las duchas que uno se puede llegar a dar a lo largo del día. Insoportable. Sudor, suciedad, mosquitos y mucha injusticia. Eso es lo que me ha tocado. Aunque no he dejado de buscar el refugio del ventilador -abanico le dicen aquí- y el refresco de la Presidente -vestida de novia, la mejor cerveza-.

Y no, en serio, no niego la existencia de esas pulseras que incluyen mojito en la hamaca y actividades con chicas guapas en un complejo salpicado de piscinas y hasta con playa privada. Que los hay. Que conozco a unos cuantos y cuantas que se han venido por acá por un puñado de euros a disfrutar de las playas fumigadas, limpias de basura y sin personas que les molesten durante su estancia artificial en un país inexistente. Lo que digo es que en todas casas cuecen habas (en la mía, a calderadas) y que en República Dominicana las cosas no están nada bien. Y ahora no me refiero sólo a los proyectos sociales de la Iglesia Católica que he venido a grabar en la diócesis de Baní, muy cerca de Santo Domingo.

Resulta que en República Dominicana el movimiento de los indignados está creciendo a marchas forzadas, pero voluntarias. Se autodenominan “Marcha verde” y son ciudadanos hartos de la corrupción. Una corrupción transversal, normalizada, que ocupa todos los estamentos de la sociedad. Una corrupción que durante la época de Trujillo era monopolio de la familia del dictador y que ahora se ha democratizado. Un país en el que lo normal es robar, sobornar, quedarse para uno lo que es de todos y desfalcar con total impunidad. Sólo hay que teclear en Google “Odebrecht” para hacerse una idea de uno de los mayores casos de corrupción en América. Pero la cosa no queda ahí. El asunto de Dominicana se agrava cuando uno escucha a periodistas purgados por sus denuncias y a obispos que hablan claro y reciben presiones por parte del gobierno coincidir en su diagnóstico. Y este no es otro que la perversión del sistema educativo: “Tenemos la peor enseñanza de América”. “Ocupamos los últimos puestos en el ranking mundial”.  “Las escuelas son fábricas de burros”. Con lo que el poder se asegura una sociedad fácilmente manipulable para mantener sus privilegios.

Pues lo mismo con Punta Cana y sus playas de pulsera. Porque la verdad tiene cara y cruz. Porque venir a Dominicana y no enterarse de nada es tan fácil como vivir en España y pensar que lo más importante es lo de la independencia catalana. ¡Viva Honduras!