Martes, 10 de diciembre de 2019

De la mirada quimérica

 

Quien escribe o lee poesía busca, tal vez, reproducir dentro de sí mismo ese sentimiento de duración, ese escalofrío emocional que nos sacude cuando la vida nos pilla desprevenidos.

Xuan Bello

 

Creo que detrás de tantas páginas que alimentan nuestro magín, muchos de nosotros  descubrimos que hay diversas formas de entablar el diálogo con un libro: subrayarlo y anotarlo (cuando éste se deja y si es de uno); levantar la mirada de las líneas recién leídas para mirar hacia afuera o para los adentros como ya observara en su día Barthes, o reescribirlo con el deseo de posarlo después en un nuevo texto.

Es el caso de un amigo de letras, que escucha y habla con libros porque padece la insania costumbre de echárselo a los ojos para afilarse la mirada. Y ocurre que ahora ha decidido volver a escribir para encontrarse en la letra impresa, buscándose en los abrazos literarios de un autor del que felizmente seguimos teniendo sus libros.

Rubrica y firma su trabajo con un hermoso heterónimo: el nombre sostiene ecos de luchas, siendo el apellido deudor de homenajes paternos. En sus textos juega con la mirada anónima, es decir, la de todos, y nos abre ventanas donde poder asomarnos para descubrirnos de nuevo en paisajes internos. Habla con profusión generosa de nuestro vínculo humano con lo imperfecto, lo que no está cerrado;  de los otros, tan dispares, pero solo en apariencia; de las posibilidades de conocerse que nos procura el movimiento; en fin, de todo lo humano que, comprobamos en sus escritos, no le es ajeno.

Y la senda que ha decidido seguir parece llevar estos pasos:

La alternativa es ser otro,

levantarme un día siendo otro,

los vecinos otros, todos otros

y otras.

 

Probarlo, como si

todo fuese de otra forma,

los pensamientos otros,

otros mis ojos.

 

Entonces, mi historia

No será mejor, ni peor,

sino otra,

tal como me ocurrió una vez.

 

Y su juego, que se presiente Seguro, se mueve en el territorio de una doble convicción:

La claridad se esfuma,

es una apariencia,

             una alucinación.

La oscuridad se esfuma,

es una apariencia,

             una alucinación.

 

Un conocido suyo, Jang, constructor de chozas de Tailandia, le ofreció una posible pauta para desplazarse por el mundo cuando le contó lo que había descubierto junto a sus vecinos, que decidieron que la luz, el agua, los paisajes e incluso que cada uno era cosa de todos y desde entonces esas cosas son propiedad colectiva, es decir, no son de nadie.

 

Puede que fuera entonces cuando recordara aquellas palabras de aquel navegante chipriota del siglo III afirmando que es un buen invento la palabra tiempo, es libre, incluso vuela al carecer de peso. Lo que le llevó a pensar que tomar repentinamente conciencia no es tomar conciencia definitiva…, hay que estar siempre empezando de nuevo.

 

Felizmente no olvida que aunque la máquina más perfecta es el cuerpo, nunca reacciona con las mismas formas e intensidades. Además nunca percibe lo mismo en las iguales circunstancias

 

Aunque todo lo dicho le provoca cierta desazón que le obliga a preguntarse a menudo si podemos los ciegos opinar sobre lo que vemos. En todo caso, siempre mantiene la certeza de que a veces ser radical me sienta bien.

Lo que ahora compruebo, después de haberme hecho con sus textos, es que se enuncian con la verdad de las palabras que no se quieren emboscadas. Y un querido paisano suyo, que los es de también letras,  algo que se apunta en sus escrito y que yo suscribo: veo la gente que habla, con un mismo acento, en una lengua que acompasa el ritmo de la tierra que pisan.

Voy terminando, pero no sin compartir antes que el autor nos pidió a un par de cientos de amigos nuestro parecer sobre el camino que podría seguir su libro, y ese oportuno decir del que él habla, en mi caso y en estas líneas, creo que ya queda dicho.

Salud! hermano.

Fotografía: Ventanas, de André Vicente Gonçalves