Lunes, 20 de agosto de 2018

No todos los deseos se pueden cumplir...

A los que hemos elegido el siempre mal pagado oficio de historiador no nos queda más remedio siempre que revisar la historia, el pasado; y realizar comparaciones con el presente, y repensar el futuro.

Así repensando nuestra historia pasada, podemos retrotraernos a los convulsos años treinta del siglo pasado. En que una crisis económica global acabó en una guerra mundial diez años después.

En España el enconamiento de las discrepancias políticas y sociales a lo largo del otoño de 1935, y el invierno incrementaron el grado de alarma social. Releyendo los escritos de José Antonio Primo de Rivera - que siempre fue un gran analista de la realidad que vivía, hay que recordar que fue abogado, y que tuvo grandes profesores universitarios, además de compañeros -, vistos los populismos crecientes a los que estamos asistiendo, podemos afirmar hasta cierto punto que fue un visionario, ya que sus pensamientos se pueden adaptar a muchos momentos políticos que estamos y seguimos viviendo. Quizás también porque aprendió a vivir la política a la sombra de su padre en casa.

Por encima de su particular cruzada vindicativa de la memoria de su padre, o de su actividad como dirigente de un partido situado a la derecha del espectro político comenzó a asumir como algo inevitable la crisis del liberalismo europeo. Y por otro lado comenzó a cuestionarse el papel de los medios de comunicación en el tratamiento de la realidad política y social de entonces. Cosa que ha quedado últimamente patente, en pasadas elecciones aquí y en los EEUU.

Por sus palabras de entonces:

 “Parece como si nos hubiera acometido una fiebre colectiva. Todos nos sentimos médicos para diagnosticar el mal de España, y ninguno repara en que él mismo es una parte de ese mal (...). Pudiera resucitar el más maravilloso de los gobiernos y España no sanaría. No puede sanar mientras los carpinteros no sean mejores carpinteros, los matemáticos mejores matemáticos, y los filósofos mejores filósofos (...). Mientras nuestras universidades no producen sino eminencias aisladas y muchedumbres de productos raquíticos, los universitarios (profesores y alumnos) se desgastan en el más díscolo pugilato de derechas e izquierdas. Y mientras en la bibliografía jurídica del mundo apenas se abre un hueco de segunda fila para tal o cual nombre español, los juristas españoles cierran los libros de ciencia y redactan proclamas políticas.

 Pero lo peor es ver así envenenada, frenética y desquiciada, a la juventud. En tanto que los muchachos de izquierda (ya hasta los niños se dividen en derechas e izquierdas) escriben periódicos revolucionarios y los de derecha organizan mítines monárquicos y suman firmas para documentos de protesta, ninguno se recoge, a pesar de que están por hacer innumerables cosas, y que las horas y los minutos que se desperdician, al no hacerlas nunca, nunca se podrán recuperar”.

Para repensar ahora. Antes la sociabilidad humana demandaba mantener a raya el inconsciente; ya que para que lo social prosperara, o bien se esperaba que cada uno se controlara a sí mismo o bien se delegaba en las autoridades esa vigilancia. A lo anterior se le llamó represión, cuya función principal era de mantener las condiciones de la sublimación, es decir, la transformación de los impulsos instintivos en actos más aceptados desde el punto de vista moral o social.

No todos los deseos pueden ser cumplidos, ni decir o hacer todo lo que queremos. La capacidad de autocontención es la esencia de la libertad individual y de la libertad de todos.

Hoy en parte, gracias a los nuevos medios, las apps en particular, de comunicación, y la era post-represiva que se ha desatado, el inconsciente ahora puede deambular libremente, en la nube común, y la contención o sublimación parece que ya no es necesaria.

El lenguaje ha sido desencajado, y el contenido está en la forma, y la forma está más allá, y sobrepasa al contenido. Parece que ya no existe la mediación para actuar, decir y hacer. Cualquiera se considera válido para extender una idea o un rumor. Eso también explica la creciente postura antihumanista, anticristiana, incluso antidemocrática a la que vamos asistiendo de forma creciente. Nos estamos alejando de los principios que han sustentado durante siglos nuestra forma de pensar, de nuestra civilización cristiana occidental. En beneficio de ideas y civilizaciones advenedizas que no han demostrado todavía nada, y que poco han contribuido al progreso de la humanidad.

Parece que estamos asistiendo a la normalización de un estado de guerra social. Estamos ante un mundo orientado hacia la cultura de lo material y lo pasajero, en nombre del lucro de todos y de todas las cosas vivientes, de la eliminación de las bases del pensamiento humanístico,  y de lo político por parte del capital. Se está creando una brecha insalvable entre las ideas y lo material. Nos estamos vaciando de contenido, al menos a largo plazo, en pro de soluciones a corto plazo, que se nos acaban proponiendo por parte de cierta clase política, y que no son más que lo que queremos oír, en este momento, tras el desamparo al que se ha sometido a la sociedad.