Lunes, 20 de agosto de 2018

La radio, el canalla y el arte de entrenar

Hoy me he levantado escuchando el especial del Día de la radio de “Herrera en COPE”. Luis del Olmo, Iñaki Gabilondo y José María García aceptaron la invitación de Carlos Herrera para hacer magia a través de las ondas recordando viejas batallas y anunciando posibles escenarios de futuro para un medio que, contra todo pronóstico, se ha ido haciendo fuerte a pesar de los avances tecnológicos y la irrupción de nuevos soportes. Sin embargo, la radio deportiva parece hallarse estancada en el comentario grotesco, la búsqueda del morbo y la tertulia nivel “barra de bar”. Entiendo lo que dice Iñaki a propósito del modo en el que la radio se engarza en la sociedad como la mano en el guante, pero, y aunque sea complicado por las penurias económicas que atraviesan numerosas empresas de comunicación, convendría que a la función de espejo le añadiera la de ser fábrica de sueños, promotora de deportes minoritarios, bandera de la moderación y el buen gusto.

 

En la España del siglo XXI, los gastos en caviar, ropa u otros pequeños lujos, que el ex presidente de la Federación Española de Baloncesto cargó a la cuenta de la misma, no dejan de ser, por comparación con los grandes desfalcos y canalladas de tipos de mayor renombre, un pecado venial, una pequeña mancha en un expediente repleto de medallas y reconocimientos internacionales. Sin embargo, cuando uno conoce los tambaleantes cimientos de la estructura que José Luis Sáez presidía, que son todos esos colegios y clubes donde enseñar baloncesto es poco más que un acto de filantropía, estas actitudes estomagan y provocan arranques violentos que nunca se materializarán más allá de en unas cuantas palabras vertidas, eso sí, con el mayor desprecio.

 

Aunque mi experiencia es breve, conozco las sensaciones que puede estar experimentando Luis Enrique después del 4-0 del martes. Cuando los resultados acompañan y la fe en las posibilidades de tu equipo son infinitas, nunca esperas un resultado de este tipo: verte desbordado de la manera en la que lo fue el Barcelona el pasado martes. Del rival conoces a sus jugadores, sus tácticas, las características de su entrenador, pero no, en cambio, el hambre con el que se están preparando para enfrentarte, los mensajes de motivación que están recibiendo e intercambiándose. Mientras París ardía, Barcelona era una balsa de aceite. Si en los entrenamientos del FCB, las entradas al jugador con balón se hacían con tiento, en los del PSG cada tobillo corría peligro. Lo llaman hambre.

 

Toni Nadal dejará de viajar con su sobrino el próximo año. Asegura que cada vez le cuesta más hacerlo y, además, considera que en Carlos Moyá ha encontrado un buen sustituto. Los seguidores del tenis dejaremos de ver su rostro en las gradas, termómetro infalible de las sensaciones de Rafa, pero los libros de historia recordarán para siempre este binomio maestro-alumno al más puro estilo grecolatino. Toni ha sido para Rafa el Séneca de Lucrecio, un referente de estoicismo sereno, nada afectado. El mejor mentor que he conocido.