Lunes, 20 de agosto de 2018

El lenguaje verdadero o de los pobres...

Sin memoria  y sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no sirve de nada. El poder siempre trata de culpabilizar siempre a los más vulnerables, a los que al final la preocupación acaba por hacer que tengan una memoria efímera, para poder enfrentarse a las responsabilidades del día a día ...

Más allá de vivir en un descenso de valores humanos y patrios en apariencia imparable, lastrados por pasadas gobernanzas de dudosa rentabilidad, por deudas inasumibles que nos hacen avanzar con el freno de mano puesto, por compromisos internacionales que no generan más que problemas y por la incompetencia de la cada día más alejada de cierta clase polítca que ayuda a que nos desgobiernen falta de toda vocación política y de servicio a los demás (que nos enfrenta con otros tan desgraciados como nosotros), se hace necesaria una profunda reflexión sobre qué queremos, y adónde vamos, pues ya comienza a ser demasiado tarde.

La búsqueda de las zonas erróneas de nuestra conducta política como nación a través de la historia nos permitiría quitarnos nuestros propios complejos y tender puentes hacia una realidad menos maquillada, a la par que aclarar temas que serían fáciles de superar si nos manejáramos con algo más de humildad. El bien común de la nación y de sus ciudadanos es lo que importa y está en juego. No podemos seguir tolerando una idea de España como concepto vacío. Hay que hacerlo respetar, y llenarlo de contenido, pese a quién pese ya que la historia es sólo una, la que fue.

Heiddegger afirmaba que: “Sé por experiencia e historia humana, que todo lo esencial y grande sólo ha podido surgir cuando el hombre tenía una patria y estaba arraigado en una tradición”.

En estos días en los que se está hablando y escribiendo como siempre sobre los anti cualquier cosa que tenga sentido común. Sigue llamando la atención que han venido utilizándose diferentes denominaciones para referirse a los “secuestradores de la democracia, de la patria o del bien común”. Es comprensible que la rapidez o la vehemencia que pueden aparecer en un debate radiofónico o televisivo, o el deseo de elaborar un texto que evite repeticiones, lleve a utilizar palabras del español que se toman vulgarmente por sinónimos aunque no significan exactamente lo mismo y, algunas, hasta lo contrario.

Ayuda a estas reflexiones referirse a los “buenos” y a los “malos” con todo su significado; es decir, a los que actúan en este lado de la ley y a los que actúan en el otro. Quien secuestra es un delincuente, luego, siguiendo lo fijado por la Real Academia Española, valdría decir “secuestrador”. Por ello, los piratas son piratas (definición exacta para quienes secuestran en el mar) y no ciudadanos.  A cada cual lo suyo.

Hay otras palabras estos días como verdad, solidaridad y esclavitud, que tienen negada la entrada, – su verdadero significado – que son rechazadas en todos los puestos fronterizos, y cuya documentación confiscada es entregada a ciertos impostores como la globalización, mercado libre y orden natural. La solución parece que es volver al lenguaje de los pobres, es decir a hablar con la mayor transparencia y sinceridad, desde dentro. Para que se puedan contar y defender las verdades de siempre; para que todos podamos remar en la misma dirección, y llenarnos de contenido.