Sábado, 18 de agosto de 2018

El tipo que vestía de luto

“Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores”

 

(Eduardo Galeano)

 

No sé si, en el caso de no existir, tal y como indica Eduardo Galeano en su breve disertación sobre el árbitro, los hinchas deberían inventarlo. Porque cuanto más lo odian, más lo necesitan, añade describiendo a la perfección los hechos que esta mañana escuchaba en uno de esos telediarios que, como siempre, no repara en el partido que terminó con un amistoso saludo entre los contendientes y sí, en cambio, en el acto vil del perturbado de turno, del enajenado mental que no logró entender que el árbitro no pitara penalti a favor de su equipo.

 

Pero más allá de los criterios de excepcionalidad y morbosidad que manejan los medios para clasificar lo noticioso y diseñar las escaletas de sus informativos, lo triste es que han sido casi treinta las agresiones a los árbitros el pasado mes de enero. Ello retrata un paisaje sombrío, un panorama tenebroso sobre el que convendría poner algo de luz, aunque solo sea a modo de análisis de las causas y balance de daños. Lo cierto es que en cada ataque a un árbitro la sociedad se resquebraja por alguno de sus pilares: no hay nada de civismo, educación o empatía en hechos como los reseñados estos días en los medios.

 

Resulta cuanto menos curioso, además, contrastar el duro trato al que se somete a los colegiados en comparación con la indulgencia que, por acción u omisión, los aficionados demuestran ante decisiones mucho más controvertidas, me atrevería a asegurar, que la de un fuera de juego o un penalti. Porque con los tipos que, ante la duda, suben impuestos, tarifas y tasas; ante quienes en el descuento optan por cancelar subvenciones o colocar a sus amigos, bien que callamos y agachamos la cabeza. El “dura lex sed lex” (la ley es dura, pero es la ley) solo sirve para el funcionario de oposición y el político de turno. No así para el árbitro, investido, sí, del derecho a imponer su criterio neutral sobre el parcial de los dos contendientes, pero a cambio de sufrir la valoración in situ et in tempore del no siempre respetable.

 

Por lo tanto, y aunque quien les habla no ha sido siempre el mejor de los ejemplos, sirva esta modesta columna como llamada al buen juicio y al sentido común. Y tomen nota, si quieren, de los siguientes puntos: 1. No hay nada de romántico en la ausencia de tecnología. Con todo el dinero que hay en juego, el anacronismo de tener que seguir fiándolo todo a la limitada percepción de un par de ojos, o tres, ya no hace gracia. 2. Si creen que el árbitro ha sido extorsionado, comprado o que es el ejecutor de una conspiración contra su equipo, deje de ver fútbol. Piense que en otros casos análogos la solución pasa por cambiarse de país. 3. Si piensa que el árbitro está ahí para acertar siempre, valore el porcentaje de su delantero centro: también a él lo fichó para meterlas todas. 4. Censure todas y cada una de las actitudes violentas, no solo las agresiones físicas, hacia la labor arbitral. Imagine que es usted el receptor de las mismas y que tiene que realizar su trabajo en medio de ese ambiente de crispación. 5. Hágase árbitro. A lo mejor no es tan sencillo.