Martes, 23 de octubre de 2018

Mi particular deseo

Me pasa a menudo que, al entrar en debate con compañeros entrenadores, me quedo sin argumentos para rebatir afirmaciones demasiado rotundas acerca de la victoria como justificante universal de todo tipo de conducta. En todos estos casos, me resulta más cómodo guardar un cínico silencio que ellos entienden como aprobatorio, que sacar a relucir valores que, bajo el prisma en el que he sido educado, quedan por encima de esa gloria por definición efímera que otorga el triunfo.

 

Sería estéril tratar de explicarles que el partido que disputamos cada día no es más que uno entre millones, aunque este, en concreto, pase por ser la final de la NBA o del campeonato mundial de fútbol. Porque partidos, batallas, luchas, o como lo quieran llamar, se libran por cientos en cada cuadra de terreno y a cada fracción de segundo por cuestiones que oscilan entre la supervivencia y la vanidad. Y aunque resulte manido apelar al valor del proceso como principal recompensa a la suma de esfuerzos y sacrificios que comporta una actividad como el deporte, conviene insistir en ello. De las victorias y las derrotas sobreviven anécdotas puntuales, aprendizajes significativos y sentimientos universales que se adhieren al subconsciente para pasar a definirnos. También el recuerdo del triunfo, el currículum y el palmarés, es cierto, aunque todas estas cuestiones tengan más influencia en la relación con el otro, que en el esculpido de nosotros mismos.

 

Esta columna nace al ver a Roger Federer recomendar a un rival (compañero) que solicitara el ojo de halcón ante un saque que había ido dentro, pero que el juez de línea había cantado malo. El suizo, como es evidente, tenía razón y le regaló, de esta manera, un punto a su oponente. El partido se hallaba igualado, con 5-4 para Federer y 15-0 y saque para Zverev. El torneo no era del Grand Slam, ni siquiera un Masters 1000, pero, en mi opinión, ello no le resta ningún valor. Quizá sean necesarios diecisiete torneos grandes en las alforjas, ser padre de cuatro hijos, tener 35 años y haber viajado por todo el globo para comprender que ese punto valía infinitamente menos que el gesto deportivo y la enseñanza a la que se pueden agarrar tantos y tantos candidatos a deportistas de élite que hoy se habrán despertado con este ejemplo y no con unas declaraciones llenas de soberbia o envidia, una reclamación de aumento de sueldo o una acusación injusta contra la actuación, aunque tal vez equivocada, de un árbitro.

 

Si opinan lo contrario, si critican el gesto de Roger por pardillo o inocente, estúpido o ingenuo, pueden dejar un comentario o abrir una conversación al respecto la próxima vez que nos encontremos. Y pueden pensar, si quieren, que de mi silencio se deduce la victoria de su argumento, el triunfo de lo evidente sobre lo absurdo o moralista. Yo, de momento, voy pidiéndoles a los reyes magos esa sensación de satisfacción con uno mismo y con la vida que delata a Roger Federer como un tipo feliz.