Martes, 23 de octubre de 2018

Inocentes todo el año

Basta con que lleguen las fechas navideñas para que se expanda, como un tuit de Irene Montero, la máxima “Navidad todo el año”. Con la intención de propagar el espíritu bondadoso que define estas fechas al resto de días del calendario, quienes pronuncian esta frase olvidan que es imposible prolongar los períodos de vacaciones y los derroches propios de esta festividad sin que el sistema colapse, algo que, obviamente, los mismos portavoces del eslogan no desean.

 

Así, ante la imposibilidad de extender el consumo masivo de dulces y abrazos, y ante la dificultad aparente de hacer de cada noche Nochevieja o Auto de reyes, los seres humanos nos hemos empeñado en respetar una de las tradiciones más típicamente navideñas: las inocentadas del día 28. Así, como receptores pasivos, seguimos empeñados en que cada día del año la tozuda realidad política, cultural, sociológica o deportiva (si es que esta no quedaba incluida en las anteriores) nos plante un muñecote en el centro de nuestras espaldas corvadas.

 

Ciñéndome únicamente al contenido habitual de esta columna, les recordaré el herrumbroso destino que les espera a las instalaciones que dieron cobijo a los atletas durante los Juegos Olímpicos de Rio (no así a las empresas patrocinadoras), los fondos desviados con artimañas más o menos ilegales por deportistas de élite a través de su maraña de asesores en acto de agradecimiento a los aficionados o, y concluyo por respirar en algún punto de esta narración, el salario de los deportistas que costeamos, entre otros, estudiantes indefinidos, parados o trabajadores en condiciones miserables, asumiendo cuantiosos contratos de televisión.

 

Ello pasando por alto las comisiones que se detraen de la celebración de grandes eventos, el trato denigrante que sufren muchos deportistas y sus familias en cuanto apuntan a estrellas, las apuestas ilegales y todas las tramas de corrupción que de ellas se derivan,… Ello evitando centrar la atención en el escaso valor ejemplarizante de quienes se autodenominan ídolos, el ridículo peso de lo ético y justo en las políticas de producción y marketing de las grandes marcas de artículos deportivos o el pobre mensaje que envían al mundo los que utilizan, con toda la alevosía y premeditación, el deporte de masas como anestesiante de conciencias y verdadero “opio del pueblo”.

 

Después de todo, puede que sea mejor no detenerse ante todos estos acontecimientos. Dejar rodar –o volar– el balón por estadios y canchas de todo el mundo sirviéndonos de toda suerte de plataformas para apreciar el contenido estético y la emoción que trasciende de un partido de nuestro deporte favorito. Porque del mismo modo en que nos sentimos incómodos llegando en Nochebuena o Reyes sin un regalo para la familia, puede que resulte violento recorrer las calles sin ese muñeco blanco a la espalda, sambenito contemporáneo de quien es razonablemente feliz siendo estafado, y no absolutamente infeliz al ser consciente de librar una batalla perdida.