Domingo, 19 de agosto de 2018

Las vitales infraestructuras que construyen los patriotas y los españoles se empeñan en no utilizar.

Después del “escándalo” de la peatonalización sui generis y temporal de la Gran Vía madrileña, que ha arruinado al comercio de la zona en palabras del eterno presidente de una supuesta asociación de interesados, aunque no tenga actividad empresarial conocida en ese lugar o ni siquiera resida allí, (recomendable el video de la televisión episcopal hablando del tema con él), y de su amiga Espe, llega la confirmación del fin de una de las veleidades de grandeza del, según algunos, “mejor” presidente del Gobierno que ha tenido España. Las autopistas de peaje de la era Aznar, reflejo del irreal modelo de transporte imperante de nuestro país.

Esas autopistas de peaje fueron promovidas y construidas por la iniciativa privada. Estamos en un país capitalista liberal, muy de esto últimamente, cuyo modelo puso en marcha, y no paró Zapatero, el gobierno del PP de ese señor con el que ahora no se habla Rajoy (aunque entonces era ministro suyo). Lo de capitalista y liberal va por eso del riesgo empresarial, la oferta y la demanda, los mercados que se autorregulan, y esas cosas que dicen para reducir (más bien acabar) con el Estado depredador, ese ogro que cercena todo atisbo de progreso. Ah!, y que tiene que salir al rescate cuando no ganan lo que deberían, a ser posible beneficios con dos dígitos.

Pues esas autopistas tan necesarias y vitales para el futuro del país, en su mayoría situadas en los accesos a Madrid y paralelas a vías gratuitas dado que esta ciudad es la única que existe para esa plétora de patriotas “constitucionales”, resulta que quebraron. Vamos, que los obtusos madrileños y provincianos que acudimos a la capital nos empeñamos en no utilizar a pesar de lo magníficas y maravillosas que son, contraviniendo los sesudos estudios previos tan bien hechos y bonitos ellos con sus gráficos y demás. Y así las pobres constructoras y bancos, tan preocupadas por nuestro bienestar, pierden dinero. Y eso no se puede permitir, por ello imponen, con la aquiescencia de quien lo admite, clausulas para obligar al Estado a resarcirles si la cosa no funciona. Y eso, tras meses de mareo para despistar. Vamos, como ocurre con las pequeñas y medianas empresas que tienen detrás a la administración para ayudarles cuando les pasa lo mismo.

Más de 5.000 millones de euros nos cuesta ese derroche innecesario de preocupación por los españolitos de a pie del gran empresariado español. Casualmente lo mismo que tenemos que recortar en 2017 para que todo vaya bien, como ha ocurrido hasta ahora, donde nos sobra el empleo y sueldos maravillosos, sin desahucios, ni pobreza energética o de ningún otro tipo. Por no acordarnos de menudencias como el Proyecto Castor de gas, gran idea de un ejemplar constructor y presidente de un club de futbol, al que rápidamente indemnizamos con más de 1.300 millones. O los 30.000 millones que pagamos por unas armas de utilidad cuestionable para el ejército. En fin, todo ese dinero que no hay para combatir la violencia de género, la ayuda a la dependencia, las listas de espera sanitarias, las estrecheces en la educación, la falta de política social de vivienda… Imagínense que tuviéramos que ponerlos en pesetas.

Ni siquiera había para construir, ya que hablamos de Madrid, un sistema de plataformas reservadas para transporte público en sus accesos, cuya redacción de proyectos se adjudicaron en 2005 por la socialista Magdalena Álvarez, y de los cuales nunca más se supo. NI siquiera hay 3 millones de euros para arreglar nuestro acceso norte por la N-630 y mucho menos para el lado contrario de esa carretera. Por supuesto pensar en modernizar y reabrir la ferroviaria Vía de la Plata, que ahora eliminan físicamente, es una quimera dado que ni siquiera se pide un tren de alta velocidad que es lo que se lleva hoy.

Y claro, tampoco se iba a hacer caso a los agoreros anti progreso, como Ecologistas en Acción o algún sindicato de izquierdas de verdad, que decían que todo eso era un disparate. Que necesitamos una apuesta real por sistemas de transporte público más eficientes y socialmente rentables como el ferrocarril público de toda la vida (a velocidades de hoy), que están privatizando a fuerza de alta velocidad olvidando el resto. Sí, esos que eran los únicos que hablaban entonces de austeridad (bien entendida claro), racionalidad y control del gasto, lucha contra el despilfarro, intereses y bienestar de los ciudadanos... Unos radicales antipatriotas (y chavistas que dirían ahora) creyentes de la soviética planificación. Curioso que el tiempo siempre les dé la razón, mientras otros se llevan el dinero.