Lunes, 20 de agosto de 2018

El pesimismo de la inteligencia...

La mejor manera de arreglar un problema es dejar de hablar de ello y empezar a arreglarlo.

La curiosidad es algo natural porque la gente siempre está ansiosa por conocer. Hace unos años la gente parecía que estaba ansiosa por conocer las propuestas concretas que el presidente del gobierno de turno iba a hacer para sacar al país de la crisis. De momento ya lo hemos visto, en lo económico como nos ha ido de regular. Pero en el secesionismo la estrategia electoral consistente en arriesgar lo mínimo ha respondido a un concepto excesivamente cauteloso, que suele conducir a la derrota o a la victoria raspada, ya que la claridad, la sinceridad y la firmeza dan mejores réditos, que la indefinición. Ejemplo reciente es el tema de las fotos del Rey, que ha desembocado en lo peor como es el romper las fotos en directo y en el parlamento, y no pasa nada. Se menosprecia a la más alta institución del Estado, como es su Jefatura, y la mayoría de todos los españoles nos tenemos que callar. Cuando los que mandan pierden credibilidad, los que obedecen pierden el respeto.

La desesperación de los españoles y su irritación tras legislaturas de disparates monumentales, y errores de bulto, han hecho que a día de hoy, con respecto a los nacionalismos, estemos como estamos. El español está harto de sonsonetes y diretes. Al final pasa que el ciudadano acaba pasando, y el que no pasa se lleva el gato al agua. Nuestra presente ruina material y moral es fruto de un marco conceptual y ético perverso en sus mismos fundamentos, que requiere una verdadera catarsis colectiva. En otras palabras, que nos hace falta resetear para volver a tener una nueva estructura mental, o recuperar la verdadera, ya perdida, en lo institucional, territorial y normativo, y alguien que esté decidido a emprenderla sin temor y sin concesiones. Si se deja de lado a la Ley y a la soberanía popular, los límites entre el bien y el mal, entre lo justo y lo equivocado, la tolerancia y la intolerancia, incluso entre lo humano y lo inhumano, cada vez van desapareciendo.

El problema nacionalista, con cerca de 40 años sobre la mesa, o mejor dicho la farsa nacionalista, es muy grave. Más grave de lo que parece a los mesetarios españoles, como nos llaman desde allá. Se ha dejado rodar la pelota, el famoso laissez faire, y se le ha dejado inflar por parte de un granujerío político al que se  ha dejado campar a sus anchas. El “España nos roba” acompañado de muchas más falsedades e injurias, los pactos con unos y otros, a costa de prevendas y de esquilmar económicamente otros territorios, de crear ciudadanos de segunda, ha engordado un fascismo nacionalista encubierto cuyos protagonistas tenían que estar en la cárcel, como cualquier funcionario que se salta la ley a la torera. La democracia está secuestrada para unos, y existe o hacen de las suyas los otros, desde hace muchos años. Desde que no se respeta la lengua del Estado, desde que se obliga a los comerciantes y empresarios a borrar todo vestigio de español, desde que se tolera que los libros de texto expliquen mentiras, desde que vas a visitar un monumento y de repente te cuentan la historia de papa pitufo y sus acólitos rebozada de victimismo, y de una serie de disparates históricos que avergüenzan al más analfabeto... La falta de aplicación de la democracia hace que los ciudadanos de esas partes de España estén inmersos, aterrorizados o adormecidos, en una realidad virtual, teñida de un soterrado racismo. De momento se aprovechan de unos emigrantes que trabajan y cotizan, y que votan porque no conocen otra realidad que la impuesta, pero luego se les podrá culpar de todos los males para echarlos porque no son de los nuestros. Técnica tristemente muy reconocida en muchos lugares del mundo en la actualidad donde falta la verdadera democracia.

 

Gramsci hablaba sobre el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Vivimos tiempos que nos demandan un optimismo basado en el coraje. Al final son los gobernantes y las instituciones democráticas las que deben exigir cumplir la legislación vigente a los máximos representantes de la administración, para mantener su credibilidad y la poca esperanza nos queda, pues se premia a los que lo hacen mal en detrimento de los que lo hacen bien.